Hoy has vuelto a mis sueños, Reina del Inframundo… Hacía tanto tiempo, años, que no pasabas por aquí, que apenas recordaba la fuerza con la que solías aparecer, siempre rodeada de ese aura de misterio que te caracteriza, con tu porte regio, sonrisa de formación lenta y mirada profunda…

Estoy sentado, frente a una ventana a través de la cual no puedo ver nada… La noche oscura ha devorado las luces de la Ciudad Dormida; silencio absoluto vestido de negro impenetrable… Las calles duermen, sin saber si volverán a despertar… En el cristal percibo un reflejo y me giro; te veo venir y sonrío, feliz de volver a verte. Me siento en el sofá morado que hay bajo la ventana. Te acercas, poco a poco, como la leona que acecha a su presa… Tu larga melena morena ondea a cada paso… Tus ojos azules se me clavan como dagas… Sonríes, con ironía, haciendo que la piel de la espalda se me ponga de gallina…

– Hola.

– Hola… Cuanto tiempo…- Asiente. Llega a mi altura y se detiene delante mío. Mira a derecha e izquierda y se sienta a mi derecha, girada hacia mi, sobre su pierna izquierda, estirando su brazo sobre el respaldo.

– Sí. Tenía un montón de asuntos pendientes.

– Ya. ¿Que tal te trata la vida?- Pregunto.

– Bien, bastante bien… No puedo quejarme… Encontré a alguien que me acompaña ahora en la vida real…

– ¿Y va todo bien?

– Estupendamente.

– Me alegro mucho, de veras… Ya sabes, no me lo explicaba.- Se ruboriza ligeramente y sonríe. Me mira a los ojos, fijamente. Demasiado.

Sigue sin haber un sólo ruido; estiro el cuello y miro a través del cristal: la nada absoluta sigue ahí, clavada… Ni una luz, ni un alma errante… Ni tan siquiera un perro abandonado buscando entre las basuras… Tan sólo el negro de la noche…

– El otro día estuve en el cine y vi una película que me recordó a tí… Tal vez sea por eso por lo que he venido…- Se me acerca un poco. Siento su mirada clavada en mi como un puñal que va poniéndome nervioso.

– Ah. ¿Cual era?

– No recuerdo el título.- Su brazo está ya detrás de mi cabeza. Siento el roce de sus dedos en mi cabeza.

– Y… ¿De qué iba?- Pregunto, intentando ocultar el nerviosismo que empieza a despertarse.

– Tampoco recuerdo.- Sus ojos están a apenas cinco centímetros de los míos.- Y me da igual.- Sus labios rozan los míos.

– Y…

– Cállate, imbécil.- Y me calla.

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