– Hoy lo haremos al revés. Seré yo la que te cuente una historia.- Estamos sentados en un banco de madera, con vistas al mar, al atardecer de una de las primeras tardes calurosas del año; hace un sol tibio, algo tímido aún, que a ratos se oculta tras las nubes; el mar en calma, dos o tres personas paseando por la playa y más gente por el paseo, con prisa, del trabajo a casa. O viceversa. Mi bici reposa en la barandilla de piedra, cerca de un monumento que homenajea al descubridor de la penicilina; monumento al que, lo mire por donde lo mire, no le encuentro ninguna relación con el susodicho.- ¿Te parece?

– Me parece perfecto.- Sonrío.- ¿Qué vas a contarme?

– Te contaré la historia de la chica que creía en los cuentos de hadas.- Me dice, seria, mirando al frente, hacia la isla que rompe la línea del horizonte.

– ¿Es autobiográfica?- Se gira, me dirige una mirada severa, negando con la cabeza.

– No.- Sonríe.- A mi me gustan los de príncipes y princesas, lo sabes bien.- Asiento.

– Pues están de horas bajas hoy en día.- Se ríe.- Y… ¿de qué va la historia?

– ¿Aún no he empezado y ya quieres que la resuma?

– No, no… Perdona…- Pongo cara de asustado. Se ríe; mira al cielo dándome por imposible; respira hondo, niega con la cabeza y pierde de nuevo la vista en el horizonte.

– Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo…- Interrumpo.

– Jo, que bonito.

– Oye, si me vas a cortar cada tres segundos, te lo cuentas tú sólo.- Protesta.

– Que no.- Me excuso.- Que de verdad me encanta esa frase. Venga, prometo estarme callado al menos los próximos veinte… ¿segundos?- Suspira y me ignora. Y vuelve a comenzar.

– Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo, en una pequeña ciudad costera de un país no muy lejano vivía una chica. Era una chica muy morena, de bellísimos ojos negros, alta, hermosa figura…- Sonrío.- No sonrías así, que me pongo celosa.- Continúa.- Pues resulta que esta chica, siendo muy joven, una tarde de verano, conoció a un elfo en un bosque cercano a su casa. Imagínate la escena, ella, sentada en un claro en mitad del bosque, con un vaporoso vestido blanco, a contraluz, rodeada de almendros en flor, con las ramas mecidas por la brisa, una corona de flores rojas en la cabeza, los brazos desnudos brillando al sol, sosteniendo un diente de león entre los dedos, y en esto que nota algo extraño tras un arbusto. Se levanta y descubre que era un elfo, espiándole; un elfo bellísimo, como lo son todos.

– No sé. No conozco ninguno. Yo soy bellísimo, pero no soy ningún elfo.- Me pega una colleja.

– Ya has roto el encanto.- Vuelve a negar con la cabeza. Junto las manos y pongo cara de disculpa.- Bueno, sigo… Total, que comienza a ir al bosque y acaba enamorándose del elfo. Para ella el mundo es un lugar feliz; todo es alegría alrededor… La vida le sonríe. Y deciden casarse, pese a ser muy jóvenes; se sienten fuertes, y pese a que hay gente que les dice eso, que son demasiado jóvenes, ellos siguen adelante, contra viento y marea. Y se casan.

– Bien. Y ahora no vas a decirme eso de “y se casaron, fueron felices y comieron perdices”… Porque como lo hagas va a ser el cuento mas raro que me han contado en mi vida.- Me mira extrañada.- Claro.- Me explico.- Van dos, se conocen y se casan. Fin.

– Caray, lo tuyo sí que es poder de síntesis.- Se ríe.- No, tranquilo, que no acaba ahí.

– Ah, menos mal. Porque ya iba a decirte que como narradora de cuentos no tenías futuro.- Le guiño un ojo y continúa.

– No. A ver. Ah, sí. Se casan. Y al principio, todo es del color de rosa; decoran la casa, sueñan con el futuro, eligen los muebles juntos; la gente les mira con envidia mientras caminan juntos por la calle cogidos del brazo, jóvenes y hermosos… Pero poco a poco, esa felicidad va desapareciendo. Sin ningún motivo aparente; el día a día, la rutina, el trabajo, demasiadas horas juntos, no sé. Si lo supiera tendría muchas respuestas que dar, seguramente.- Asiento.- Bueno, pues que la cosa se empieza a torcer.

– O sea, que no comen perdices.

– Sí, las perdices ya se las comieron, pero al principio del cuento.- Continúa.- Un día, el elfo le dice que ya no puede más, que echa de menos su bosque, las blancas flores de los almendros, el sonido de las mariposas libando, la caricia del viento al pasar entre las hojas… Y que tiene que irse. Y se va.

– Vaya.

– La pobre chica queda desolada. Y pasa mucho tiempo hundida, encerrada entre los muros de la cárcel en la que se ha convertido su hogar, donde todo le recuerda a él.- Me mira. Aprieto los labios.

– Pobre.

– Sí. Pobre.- El sol va bajando y comienza a hacer frío; pero hace una tarde estupenda y la sombra del monte que cae al oeste todavía no nos ha cubierto.- Al final, una amiga consigue sacarla de allí, y poco a poco hace que comience de nuevo a respirar aire puro. Y así, muy despacio, ella va recobrando el color. Sigue triste y a menudo recuerda al elfo, pero intenta olvidar.

– Y ahora me dirás que conoce a otro elfo. O que el elfo anterior, dándose cuenta de su error vuelve.

– ¿Me dejarás acabar?

– Ups. Perdona.- Asiento.

– Un día, sí, sabelotodo, conoce a un chico. Muy majo, simpático, divertido, alegre y que le dice unas cosas preciosas. Ella, que ya tiene unos añitos más, se siente halagada y se cree que él está enamorado de ella hasta morir. Pero bajo la inocente y agradable apariencia del chico se esconde un sátiro.

– No jodas.- Ella asiente.- Y que va a lo que va, ¿no?- Vuelve a asentir.- Pobre.

– El problema es que ella, como conoció demasiado pronto a su elfo, no sabe que la mayoría no son elfos, son de los otros.

– Ya.- Contesto.

– Pues resulta que unos días más tarde, conoce a otro.

– ¿A otro chico?- Ella niega.- Joder.- Ella asiente.

– Y lo mismo.

– Uf. Pobre… Oye, ¿no empieza a hacer frío?- Asiente de nuevo.

Nos levantamos, cojo la bici y volvemos por el paseo que acompaña a la playa. Hay mucho tráfico y guardamos silencio durante un buen rato, hasta que llegamos a un lugar algo más protegido del ruido de los coches.

– Y la historia…- Pregunto.- ¿Cómo acaba?

Me mira y se encoge de hombros…

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