– Tengo ganas de verte.- El corazón se detiene un instante. Y vuelve a su ritmo normal, aunque temeroso. Los dedos detenidos sobre el teclado, sin saber que escribir. El aliento, retenido. Pero hay que respirar: ley de vida. Y exhalo el aire atrapado en los pulmones, poco a poco.

– Qué bonito. Lo usaré para una historia.

– Eso espero.- Y me guiña un ojo. Virtual.

Las luces rojas de Vib Gyor suenan una y otra vez mientras camino todo lo rápido que me permiten mis maltrechas piernas. El bajo a la espalda, como casi todos los días últimamente; las manos en los bolsillos, un buf de colores chillones al cuello, y la canción, una y otra vez. Las hojas caídas de finales de otoño juegan a perseguirse para ver quién llega más lejos con el impulso que les dan los coches que pasan veloces. Las que caen en los charcos quedan eliminadas. La Ciudad se ha llenado de gabardinas pesadas y paraguas que cuelgan de brazos. Y de iluminación navideña aún apagada; son tiempos de crisis.

Los puestos de castañas ocupan sus esquinas ofreciendo calor portátil y olor a invierno a cambio de unas monedas. Los chavales caminan rápido rumbo a alguna actividad que los mantenga lejos de casa cargados con pesadas mochilas a la espalda, llenas de libros. Y la gente entra y sale de las tiendas a ritmo frenético, intentando adelantar las compras navideñas. Me detengo, y como en un videclip con cámara cenital, miro al cielo y siento que la Ciudad y sus habitantes giran alrededor. Si ahora lloviera sería perfecto, como en aquella escena de cadena perpetua. Pero no llueve.

Y las luces navideñas y el frío me llevan a otro sitio, a otra ciudad, muy lejana, también por estas fechas, hace ya casi un lustro. Fueron meses de lluvia, pero no, allí lucía el sol. Allí lucían dos soles, no uno… Calle llenas de gente acelerada, palabras y música, chocolaterías y tiendas pequeñas en callejones olvidados… Y ruido de tráfico en sus amplias avenidas… Caminábamos los tres ajenos a todo aquello… Aunque la banda sonora era otra…

Mis manos vuelven a detenerse sobre el teclado sin tener demasiado claro qué escribir, una vez más. Sentado sobre el sofá morado, bajo una manta verde, con aspecto de abuelo pasando frío, el portátil sobre las piernas y, a mi izquierda, el libro que leo actualmente (Lo que el viento se llevó) y un cubo de Rubick de cinco por cinco a medio resolver. Sonrío, sin tener muy claro como seguir la historia.

Pero la vida es eso: sonreir sin tener muy claro a donde te lleva. Y dejarse sorprender por lo que vas encontrando…

Y, a veces, dejar que la historia siga su propio curso…

Y sí, yo también tengo ganas…

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