Recuerdo la escena como si hubiera ocurrido ayer… Creo que podría describir el lugar hasta en sus más mínimos detalles; la mesa de detrás del sillón, el calendario de adviento, el sofá en “ele”, la mesita… Todo. Se quedó grabado. A fuego. Tal vez para siempre. Además hoy ha amanecido cálido, como aquella mañana…

Camino por mi monte favorito, aquí, al lado de casa. Las hojas que cubren el sendero disfrazan el sonido de mis pasos haciéndolo más dulce. La cámara de fotos cuelga de mi mano derecha, con la correa enrollada, como siempre, a mi estilo. En el horizonte se mezclan los azules, los dos, que hoy dominan en el paisaje: ni una sóla nube. Sólo el sol, implacable aunque débil, luchando por dar calor fuera de su tiempo.

Me siento sobre una roca. El viento sur arrastra el ruido del tráfico de la Ciudad Dormida; bocinas y motores que aquí están fuera de contexto, entre árboles y otoño, entre pájaros y paz… Cambiaría la cámara por una guitarra… Pero no… Ahora no… Ahora mandan los ojos, no las manos… Toca mirar al infinito y soñar… Y recordar… Y tal vez, por la tarde con música tranquila, sentarme en el suelo y escribir… Y sonreir mientras lo hago, sabiendo que al final, todo encaja en su sitio… Más o menos…

Te quedan unos pocos días… Unos pocos días para que llegue tu hermano el frío, el que nos hace caminar encogidos mientras desnuda del todo a los árboles, el que cubre de blanco las cimas de nuestros montes… El culpable en parte de todo esto…

Ahora es al revés… Ahora mandan las manos…

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