Bajo la lluvia, el silencio. Justo, y casi sin ruido, el golpeteo de las gotas contra la madera de un banco solitario. Frente a él, se supone que el mar, al que una densa niebla se ha tragado. Al lado, con chubasquero amarillo intenso, sintiendo resbalar las gotas por el mismo, el chico de mirada soñadora. Las olas juegan con la arena de la orilla, a enredarla entre algas arrancadas. De nuevo llueve en la Ciudad Dormida. Es invierno, no podría ser de otro modo.

Los dedos de la mano izquierda, siempre inquietos, juguetean dentro del bolsillo lleno de agua con una piedra redonda y lisa recién encontrada. Imagina Starway to Heaven, de Led Zeppelin, a los que nunca vio por ser demasiado joven. Sueña, o soñará, con subirse un día a un escenario y sentir la sensación de estar ahí arriba, sensación que no puede imaginar. Mira el banco, tan lejos de su casa, y se sienta, sobre la madera mojada.

Abre los ojos. Han pasado veinticinco años. El chubasquero ya no es amarillo, pero el mar sigue engullido por la niebla en una tarde lluvia, bajo el silencio y el gopeteo de las gotas contra las tablas de aquel banco solitario. No suenan Led Zeppelin, sino Deep Purple (tampoco es que cambie mucho la cosa) con Mistreated. Pasa la mano por el respaldo, sintiendo como el agua resbala a su contacto. Sonríe. Se levanta despacio y se aleja. Sube los escalones que le devuelven al paseo y se da la vuelta; un último vistazo. Asiente. Sube el volumen. Tocaría bajo la lluvia en ese instante.

Quizás otro día.

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