No lo sé… Tal vez sea el peaje que tenemos que pagar por vivir durante bastante más tiempo que nuestros antecesores, aunque siga pareciéndonos poco… Tal vez sea un castigo por seguir jugando a ser dioses… Tal vez el olvido sea algún extraño tipo de premio, para poder irnos sufriendo menos…

En algún lugar, alguien pulsa un timbre y espera en la calle. Mientras, llueve sin demasiada fuerza. Lleva los pantalones vaqueros mojados y, sin hacerlo, siente frío. Lleva una cazadora buena, que le protege de la lluvia, fina y constante. Arriba, otra persona escucha el timbre. No espera a nadie. Mira alrededor; está sóla. Se levanta con esfuerzo del viejo sofá, se calza sus pantuflas, se ata el cinturón de la bata y arrastra sus pies hacia el telefonillo de la entrada. En ese momento, justo cuando descuelga, ambos quedan conectados. La persona de la calle pregunta por alguien. La otra busca en su memoria. Cree recordar que ese es su nombre. Sí. Es su nombre. Pero el otro ya no le suena. De nada. Y cuelga.

Sigue la lluvia. La persona de la calle duda… No sabe si volver a llamar, o subir directamente, sabiendo que la puerta del portal está abierta. Pero no quiere ni molestar ni asustar a nadie. Aun y todo duda unos instantes. Mira a derecha e izquierda. Acerca el dedo al interfono…

Pero no lo pulsa. La luz del atardecer, difusa, se refleja en los charcos, profundos, dando a la escena una belleza que está muy lejos de tener. La persona de la calle suspira, aprieta los labios, guarda las manos en los bolsillos de la cazadora y se va.

Otro día, tal vez…

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