– Bonito sitio.- Dice ella, en voz baja.

– ¿Te gusta?

– Mucho.

– Normal. Es mi playa.- Dice él, en tono de broma. Saca pecho y abre los brazos, como intentando abarcarla toda.- En realidad antes era más paqueña.- Calla unos segundos, recordando, y añade, serio:- Pero sigue siendo mi playa.

Están sentados, frente a la orilla. Una niebla baja que viene del mar empieza poco a poco a desdibujarlo todo. El sol brilla, borroso e inmenso, creando un efecto extraño, misterioso. Él la mira y sonríe; parece como si se conocieran de toda la vida. Se levanta, se sienta justo detrás de ella y comienza a masajearle los hombros.

– Te noto muy cargada. Venías encorvada por el camino.- Ella asiente.- ¿Demasiadas preocupaciones?- Se encoge de hombros.

– Quizá por eso esté ahora aquí.- Él asiente y sigue, suave. Hay gente haciendo surf sobre las olas, que rompen de izquierda, y un par de perros correteando tras una pelota que alguien que no puede verse ha lanzado.

– Tal vez.- Se quedan en silencio. Él le mueve el cabello para un lado, dejando el cuello al descubierto. Por su mente pasa darle un beso ahí mismo, justo en la nuca. Sonríe, mirando su cabellera densa repleta de rizos castaños. Se acerca, despacio. Pero se lo piensa mejor y sigue con el masaje. Parece que ella no ha notado nada.- Sí, tal vez…

– Tal vez, sí…- Contesta ella.

– Bueno, pero ahora estamos en otro lugar… En otro mundo…- En efecto, la niebla se ha tragado todo alrededor. Él para el masaje y se vuelve a sentar a su lado.

– ¿Sabes?- Dice ella, sin mirarle.- A veces siento como si nos conocieramos de toda la vida…

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