Vuelvo al colegio, al de toda la vida; un aula grande, con largas hileras de ancianos pupitres de madera y metal pintado de verde, y una bandeja de madera curvada para guardar libros; con una pizarra de las de verdad, de pizarra verde, borrador y tizas cuadradas, no una blanca de esas que se llevan ahora; con un techo blanco con filas de tubos fluorescentes dobles, de luz amarillenta; con sus percheros atornillados a la pared, abarrotados de abrigos y jerseys, todos ocupados; con la mesa del profesor, al lado contrario de la puerta de entrada, innecesariamente grande ya que en sus cajones nadie guarda nada; con una papelera, llena de bolas de papel y papel aluminio del bocadillo del recreo; y un paragüero, vacío, exceptuando un par de balones de fútbol.

Las ventanas dan al inmenso patio en el que crecimos; un patio de cemento cubierto de líneas de distintos colores que delimitan los diferentes campos de juego: fútbol, baloncesto… Ahora están vacíos. El cielo luce gris de diferentes tonos, aunque todos suaves; no parece que hoy vaya a llover.

Suena un timbre de campana, estridente, durante tres o cuatro segundos. Todos, que andamos revoloteando por ahí, dejamos a medias las conversacionesy volvemos obedientes a nuestros pupitres. Somos muchos de los de entonces, solo que como somos ahora. Miro alrededor: Gorka, Sergio, Rojo, Lirón, Ingwie, Julián, Fermín, Iñaki, Pedro, Edu, Gonzalo… Todos. Algunos no han cambiado demasiado, otros un poco más.

Entra un profesor en clase, que resulta ser el último que he tenido en la vida real; un chico unos años más joven que nosotros. Saluda serio y respondemos al saludo de forma casi marcial, como si fuéramos uno. Vuelvo a mirar alrededor y me fijo en nuestro atuendo: vestimos uniforme escolar, con pantalón corto y tirantes. Con cuarenta y tres añazos. Sí, señor, pedazo de sueño que estoy teniendo. El profesor abre su maletín de cuero y cierre superior dorado, saca unos folios y dice las cuatro palabras mágicas: “Hoy toca examen sorpresa”.

Todos como autómatas sacan hojas y bolis y se ponen a escribir como locos, como suele ocurrir casi siempre en los exámenes a los que he asistido a lo largo de mi vida. Miro mi pupitre: dos folios en blanco y un boli. Y ninguna cuestión. Miro interrogante al profesor, que parece preguntarme con la mirada a ver que parte de “hoy toca examen sorpresa” no he comprendido.

Miro el reloj de la pared; las cuatro. Me concentro en lo que tengo delante, pero no se me ocurre nada. ¿Qué hago? ¿Cuento una historia? ¿Resuelvo un problema? ¿Dibujo algo? ¿Qué hago? Juego con el boli nerviosamente; lo paseo entre los dedos, me rasco la oreja…

Miro el reloj; las cuatro y cuarto. Mi folio sigue en blanco. A la derecha, Julián va apilando folios y más folios a su derecha, todos llenos de líneas de texto perfectamente paralelas. Agudizo la vista, pero no consigo leer nada que resuelva mis dudas… Maldita miopía… Miro inquieto de nuevo; todos tienen a su lado una columna de hojas de varios dedos de altura. Vuelvo a mirar mi escritorio y en él la magia no existe: el texto no se escribe sólo.

Suena y media en el reloj. Ni una miserable línea. Pero de pronto, en mi mente, se empieza a dibujar el esbozo de una idea, una pequeña historia. Sonrío y rebusco entre mis neuronas imágenes perdidas que sirvan para contruir el relato. Veo a la protagonista, vestida de blanco, caminando descalza sobre una playa, o por un campo de hierba cortada fina, o… No distingo… Hago un esfuerzo para verlo todo más claro y de golpe, por sorpresa, me encuentro con la historia completa. Una gran sonrisa ilumina mi rostro. Cojo el boli decidido y, justo cuando la punta del boli toca el blanco del papel, Julián me dice: “Y te creerás que eso que vas a escribir va a ser una historia perfecta, ¿no?”. Y todo se deshace y desaparece, como un azucarillo bajo la lluvia…

Y despierto.

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