– Venga, que ya no falta nada…

– Déjame el afinador, que quiero mirar…

– ¿Otra vez?

– Ya sabes…

Los Jacks de los inalámbricos cuelgan. La gente va loca de un lugar para otro. En el escenario, inmenso, se están probando las diferentes líneas de la batería. Alguien comenta:

– Mierda. Parece que empieza a llover.- Me encojo de hombros, no está en mi mano evitar eso.

– Guardad las guitarras en los estuches y los subimos cerrados para que no se mojen. Cinco minutos y empezamos.

– Yo no los guardo, que se me desafinan.- Comento.

– No te va a quedar otra. Está empezando a llover bastante.

Me imagino a la gente que ha venido a vernos, sobre todo a ese grupo de incondicionales, bajo la lluvia. Joder, hace media hora hacía bueno. Saldremos y lo daremos todo, por ellos, haciéndolo lo mejor posible. A ver si gusta todo lo que hemos preparado. El viento pega una bofetada a la enorme jaima en la que nos encontramos. Y empieza el diluvio. Y el huracán, que arranca la tela del fondo del escenario, de dieciocho metros de ancho por más de diez de alto, formando una vela incontrolada que derriba todo a su paso. La gente sale corriendo. Uno resbala y se desencaja un hombro. Se oyen gritos, alguien pide una ambulancia. Empiezan a caer focos. El público huye. Me descuelgo el bajo. Lo guardo en su funda. Recojo el otro.

Cinco minutos, lo que nos libró del infierno…

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