– Aquel día te hice un anillo con el alambre del pan de molde… ¿Te acuerdas?

– Sí. Estabas escribiendo algo frente a la ventana, con una taza de café. Era otoño, o al menos el comienzo del mismo…- Sonríe.- Me paré en la puerta y me di cuenta de que sí, que no había remedio: te estabas quedando calvo del todo.- Suelta una risa traviesa. Él pone cara de ofendido.

– Es herencia familiar. No puedo luchar contra mis genes.

– No. No puedes.

Él se da la vuelta. Ella no está allí; hace tiempo que dejó de estarlo. La casa vacía, de paredes blancas, el eco del paso de sus pisadas, las únicas que suenan, la cama fría y desierta todas y cada una de las noches, un único cepillo de dientes en el lavabo…

– Aquel día te hice un anillo con el alambre del pan de molde…

Pero nadie responde; sólo el silencio.

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