– Era una caja de música… ¿La recuerdas? Le dabas cuerda, la abrías y salía una bailarina que daba vueltas, mientras sonidos metálicos interpreraban claro de luna… ¿Te acuerdas? La cajita era roja, el interior verde, y la bailarina, a la que le faltaba un brazo, llevaba un tul blanco e iba de rosa… Y las notas se iban apagando con cada vuelta que daba, cada vez más despacio…

– No. Yo nunca tuve de eso.

– ¿Y los vagones de tren sin pasajeros? Verdes, de aspecto militar, pesados… Entonces los hacían de metal, no como ahora que todo es plástico… Los guardabas en una caja de cartón, dentro de un armario empotrado en la pared, con puerta corredera… ¿De eso tampoco te acuerdas?- Niega con la cabeza.

Fuera por fin comienza a llover, tras un extraño mes de noviembre en el que no ha caído ni una gota. Mira por la ventana; las calles se han vaciado… Se ve que la lluvia asusta al ser humano, al querer lavar su alma y llevarse sus pecados… Mira su reflejo en el cristal:

– ¿Y las canicas de metal? ¿Cómo sonaban al rodar por la madera en aquel suelo carcomido con pendiente? ¿Y que hicieras lo que hicieras siempre acababan en el lado del radiador?

– No. Eso lo debió vivir otro…- La imagen reflejada baja la mirada, dándose por vencida.

– Ya. Pues haz un esfuerzo para no olvidar el resto… Llegará un día que te nutrirás de tus recuerdos…

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