Sí, el borde del horizonte luce anaranjado y brumoso, así visto desde mi sala. A miles de kilómetros de aquí, el sol se ha puesto ya hace un par de horas. No puedo adivinar el tiempo que hace por allí, pero puedo contar que en este lugar en que me encuentro, a apenas un puñado de kilómetros del corazón latiente de la Ciudad Dormida, el frío es intenso. Y húmedo.

Me fijo en el cuadro nuevo que hay ahora en la pared que tengo enfrente; una foto que hice hace un par de años en Berlín, en el monumento a los judíos masacrados en la segunda locura mundial… Una gota de lluvia resbalaba despacio sobre la piedra oscura, como una lágrima. La ví, tuve consciencia del lugar en el que me encontraba, saqué la cámara y disparé. Ahora esa gota, que ya es historia y se fundió con otras para acabar en un oscuro charco pisado por cualquiera, se mantiene viva en una de las paredes de casa. Para que no se olvide. Al menos mientras esté ahí.

En la entrada hay otro, esta vez se trata de un árbol escocés, negro y desnudo, casi sin hojas, perfilado contra un cielo amenazante, en blanco y negro, como mi taza de café. Lo curioso del asunto, es que aquel día hizo buen tiempo; todo es un truco de cámara… Sin photoshop, sólo un pelo de contraste…

Es tremendo. Cualquiera que viera la foto, pensaría que casi tuve que correr para salvar mi vida por la tormenta que iba a caer. Cualquiera que viera los documentales del día o semana o lo que sea del tiburón de Discovery Channel no metería un pie en el agua en su vida. Cualquiera que encienda la tele cualquier día, pensaría… Que no, que no pensaría. Si la enciende es que mucho no piensa. Esa lavadora de cerebros… Bendito sistema…

Me voy, por este año. Espero pasar más por aquí durante el próximo, aunque no prometo nada… Espero también que os dejen ser felices, que el sol siga saliendo para vosotros trescientas sesenta y cinco veces por el Este, y que sonriáis al menos una vez de verdad al día.

Y a tí, toda la suerte del mundo.

Y un buen abrazo…

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