Es una tarde cualquiera, sin nada destacable: una fría tarde de enero, sin lluvia, anochecida ya, aún sin luna… El entorno, el habitual en el corazón de la Ciudad Dormida: gente caminando con rumbo errático con los brazos llenos de bolsas con regalos (era unos días antes de Reyes), ruido de tráfico atascado, motos metiéndose entre los coches, sonidos de bocinas… Lo normal, vamos. Acabo de salir del cine, de ver una película uruguaya que vendían como comedia y no lo era y se me ha escapado el autobús.

En la parada, aparte de mi, dos ancianas y una chica jugando con un móvil. Y en esto que llega otro autobús; no el de siempre, que es normal, sino un microbús que pusieron hace unos años que da la vuelta al barrio por calles en las que el otro no entra. Y que para volver da una vuelta del carajo, pero bueno, como hace bastante frío… Total que ahí que subo.

Las ventajas de los autobuses pequeños son las desventajas de los grandes y a la inversa; por ejemplo, en el grande entre el ruido y la distancia es fácil no enterarte de una conversación, lo que es una ventaja si la conversación no te interesa… En el pequeño no te libras. Imposible.

En la siguiente parada se monta otro anciano.

– Hombre, Miguel.- Dice sonriendo una de las ancianas que ha subido en mi parada.

– Uy. Hola, Marta.- Y sin dejar tiempo a que siga ataca la tal Marta.

– ¿Sabes que se ha muerto Joaquín?- Miguel pone los ojos como platos.- Sí, ese amigo tuyo con el que solías quedar.- Miguel balbucea.

– Pero si ayer… Pero si… No puede…

– Que sí, que ayer salió a la calle y ya ves, pajarito.- Lo cuenta como quien dice “eché el huevo a la sarten y el aceite salpicó fuera”. Miguel está impresionado y se apoya contra la barra. Cierra los ojos. Marta sigue, implacable.- Y mira que parecía que estaba bien. El que no está nada bien es ese, tu otro amigo, el que cojea que tuvo una caída por las escaleras mecánicas hace unos años…. ¿Cómo se llama?- Miguel sigue en silencio, en su mundo.- Ah, Jaime, creo… Ese que su hijo tuvo problemas con las drogas…

El autobús se detiene en la siguiente parada. Entra otra señora mayor, que saluda a la primera.

– ¡Marta! ¿Qué tal?

– ¡María! Aquí, contándole lo de Joaquín a Miguel, que no lo sabía.

– ¿Ah, no? ¿Pero no eráis tan amigos?- Me dan ganas de decirle que yo cuando me muera tampoco creo que llame a los míos. Al menos si me pilla por sorpresa, como parecía el caso. Miguel se sienta y se pone a mirar por el cristal, ignorando a las otras dos.- Oye, no sabes.

– ¿Qué?- Pregunta Marta, interesada.

– La Juani.- La otra pone cara de extrañeza.- Sí, mujer, la peluquera. Que su hijo es gay.

– ¡Qué me dices!- Salta la otra, marcando bien todas las sílabas.- ¿Y donde se ha pillado eso?

– Que no, burra, que eso no se pilla… Uno es así y listo.

– Ay, que pobre…. Qué disgusto más grande.

– Sí, porque no levanta cabeza desde que su marido se fue con aquella otra…

Mi paciencia, tiene un límite. Las miro a las dos, dándome la vuelta, con ligero gesto de desprecio, y me pongo los cascos despacio, para protegerme de sus palabras. Echo una mirada al pobre Miguel que, como yo, supongo que hubiera preferido subirse a cualquier otro autobús…

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