Se me cierran los ojos, creo que por cansancio. Y cuando lo hago, dejo de ver. Cuando antes lo hacía aparecían ante mi otros mundos, otros paisajes, una luna llena llenando todo una una luz lechosa y suave, un buho posado sobre la rama de un árbol solitario, un lobo aullando con el hocico levantado, diciendo quién sabe qué a vete a saber quién… Y ahora, tan sólo el negro… Los sueños despiertos volaron para no volver, entre dolores de espalda, rodillas, hombros y dedos…

El clown me observa aburrido desde la pared; el mismo tío de siempre sobre el teclado. Su mirada en blanco y negro, de piedra, me recuerda lo efímero del tiempo. Sí, es lo que tiene tener como cuadro una foto deprimente sacada en un cementerio; te recuerda que los segundos pasan, mucho más rápido que lo que crees. Y que en cada estrato del Flysch de Zumaia entran con suerte, con mucha mucha suerte, cien vidas como la tuya, si no más. Y hay muchísimos. Y ahí, mirando esas piedras, te das cuenta de lo poca cosa que eres. Pero las reglas del juego son esas. Y da igual que las aceptes o no, están ahí, no van a cambiar y nada de lo que hagas conseguirá que lo hagan. Un día, game over.

Y cierro los ojos de nuevo, apretando fuerte. Negro. Mis sueños despiertos se han evaporado. Igual les exijo demasiado. Igual me lo exijo a mi. Y eso que nadie me lo pide. Entonces… ¿para qué? ¿Porqué?

Tal vez porque eche de menos mis sueños depiertos…

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