Así es el recuerdo: yo sólo en casa, con él, intentando dormir y el sonido de sus uñas al caminar por el piso, claclaclaclacla, constante, de la cocina a la sala, de la sala a mi habitación, empujando con la cabeza mi mano para que le acariciara… Dos noches casi sin dormir, pero con una sonrisa… Un aullido lento, grave, tan de abandono que rompía el alma, pero en voz baja, para no molestar… Su cabeza ladeada mirándome al sonar el despertador preguntando “¿nos vamos ya de aquí? Que esta no es mi casa”… Siguiéndome mientras desayunaba preparando las cosas del trabajo… claclaclaclacla… Calzarme las zapatillas, coger las llaves y él, con sus ojos abiertos como ventanas de par en par y meneando el rabo en modo velocidad ventilador…

Así es el recuerdo, mucho más lejano… Yo en mi habitación y unos pasos a todo correr dos pisos por debajo, en el jardín… Sprint de dos horas, de un lado a otro y vuelta, mucho más joven, quemando energía sobrante por todas partes, con una pelota de tenis en la boca, una zapatilla… Lo que fuera, que te ofrecía y nunca daba… Así es el recuerdo… Tumbado en el piso mirando el objetivo de la cámara, posando sin moverse…

Así es el recuerdo… Alguien a quien hablabas y sabías, con su mirada, que te estaba entendiendo perfectamente… Alguien que, en su más perfecta ingenuidad, pensaba que era capaz de hacer cualquier cosa que le pidieras sólo porque eras tú el que se lo pedía…

Así es el recuerdo. Así era él: pequeño, como su nombre, pero tan grande…

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