Han pasado años, muchos años, desde aquel lejano día de abril en que cumplí cuarenta y cuatro años, dos veces los dos patitos, o sea, cuatro patitos… Y como siempre, camino por las calles de la parte antigua de la Ciudad Dormida, envuelto en su manto de bruma que viene del mar, recién salido del trabajo, rumbo al autobús que llevará mis pasos cansados y mi espalda encorvada de vuelta a mi casa, donde intentaré descansar mi maltrecho hombro para que aguante al menos otra dura jornada más. Pero, también como siempre, antes de llegar al autobús entro en una pequeña tienda de chucherías y frutos secos en la que atiende una mujer rubia, bajita y en su día hermosa, y que lleva allí toda la vida.

Y de nuevo como siempre, mantenemos la misma conversación que tenemos desde hace más de veinte años:

– Aupa. ¿Cuanto es?

– Tres cincuenta.

– Toma. Va justo.

– Gracias.

– De nada. Agur.

– Agur.

Más de veinte años viéndonos todos los días, cruzando palabras todos los días, y eso es todo lo que sabemos el uno del otro: yo de ella que trabaja allí y que los años le han pasado bastante factura y ella de mi que los años me han pasado la misma factura y que me gustan los risketos y los pistachos especialmente. Nada más.

Muy triste…

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