Camina por el borde del precipicio, sin saberlo del todo; conoce su situación, pero no lo extrema de la misma. Y desde fuera veo como una antorcha se dirige hacia la mecha de un cohete que le apunta y que, sin duda, lo lanzará al vacio. La niebla nos rodea por todas partes y apenas vemos, pero lo sé; me han avisado. Y que debo seguir escalando. Lo siento, pero sin mis compañeros de cordada, la ascensión no tiene sentido. No subo por la gloria, ni por la borrachera que produce hollar la cumbre; subo por el placer de la compañía, por volver a sentirme niño otra vez, por el aire fresco de la montaña. Y tardaremos más o menos en ascender, y sin saber siquiera si llegaremos arriba, pero subiremos todos o nos daremos la vuelta.

Cuelgo el teléfono y lo miro con desprecio. Lo guardo. Ya me han jodido el viernes, pero bueno, parece que hay gente que parece haber nacido para ser portadora de malas noticias que ellas mismas han provocado. Pues no, lo siento, conmigo no va la historia. Busco el Ipod en el bolsillo y pongo algo alegre, Aerosmith, aunque sea como anestésico temporal. Cuando llegue la tormenta tal vez haya logrado llegar al refugio.

La Ciudad Dormida hoy viste de lluvia densa… De esa que ponen al final de las películas… Justo un momento antes de los títulos de crédito…

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