La imagen que queda en mi mente es una habitación oscura, una puerta que se abre intentando no hacer ruido, mi padre sentándose en el borde de la cama y yo encogido de terror, intentando desaparecer en el ovillo de sábanas y mantas revueltas; su mano en mi hombro, un “vamos”, y mis lágrimas. Es curioso, las vueltas que da la vida… Tenía cinco años, o seis. Lo que me esperaba esa mañana cruel era una clase de natación.

Allí, pese al diploma (que pensaba que no me darían), no aprendí a nadar. Pero aprendí dos cosas; que el cloro de la piscina quema y a reconocer a un mal profesor. Y es que ella lo era. Han pasado casi cuarenta años y todavía recuerdo su nombre; su nombre, Coro, su camiseta blanca y sobre todo, su caña de bambú, con la que nos atizaba para que no agarráramos el borde y con la que de tanto en tanto nos sumergía, según ella para que perdiéramos el miedo al agua. Ole. Qué grande la señora.

Aprendí a nadar unos años más tarde, en Javea, al descubrir que podía sacar la cabeza del agua mientras braceaba con las gafas de buceo puestas. Y ya. Tendría nueve o diez años. Descubrí que no me ahogaba y se fueron todos mis temores.

Luego pillé la costumbre de ir a la piscina varias veces por semana. Me nadaba mis sesenta largos a braza (recuerdo que no sé nadar, sólo hago braza… en el resto de estilos practico el humor ajeno), cantando un par de canciones largas de Helloween que duraban más o menos lo que tocaba nadar y me volvía a mi casa dando un paseo.

Así estuve, con la regularidad que me caracteriza (o sea, ninguna), hasta que entré a trabajar en mi actual curro, hace ya diecisiete años. Y ahí, al poco, dejé de nadar. Bastante a remojo estaba ya en el trabajo… Algo así como los actores porno que se llevan el trabajo a casa… Bueno, no creo que sea lo mismo, pero… Y eso, que dejé de nadar.

Y ahora he vuelto. Y me sirve de desconexión, pese a que siga a remojo aparte del par de horas diarias que me puedo tirar sumergido. Creo que he aprendido, como el actor porno al llegar a casa con su mujer, a desconectar una cosa de otra. Así que, bañador, gorrito, chancletas, un mp3 acuático que tengo y a la piscina en la que aquella bruja me torturó.

Todos a Coro…

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