Hay días que me despierto con los ojos como platos. Suelen llegar tras noches en las que mi cerebro juega a crear psicodelia, a veces inofensiva y otras no tanto. Las veces en que la historia es inofensiva suelo despertar con, como he dicho antes, los ojos como platos y una sonrisa. Las otras no; los ojos como platos y sentado en la cama de un salto suele ser lo habitual.

Esta noche, en el sueño, aparece un compañero de trabajo que lleva especialmente mal eso de trabajar bastantes fines de semana. Está serio y vestido con el uniforme de trabajo. Le digo: “Nestor, he conseguido que el año que viene curremos menos fines de semana”. Me sonríe y de alegría empieza a darse cabezazos contra un muro. Hasta que le revienta la cabeza y cae desplomado. Y me despierto, con los ojos como platos y sentado en la cama.

Pero son las tres o así. Y si no quiero agonizar el resto del día tengo que intentar dormir. Al rato lo consigo. Y aparezco en una sala con un espejo. Parece ser que he quedado, por lo que alguien me dice. Y difusamente noto en el espejo que llevo la barba bastante poblada. Pienso que debería afeitarme y me acerco al espejo. Y veo que la barba está formada por cables, que son de esos antiguos pares de hilos de cobre envueltos en un plástico negro. Y el cobre me nace en la piel. Y pienso… Mierda. No puedo salir así. Y me fijo que hay uno, que sale de dentro de la nariz, que es del que parten todos. Y decido cortarlo. Pero está muy enraizado, meto la tijera y me hago, sin dolor, un tercer agujero en la nariz, que va casi desde la punta hasta el ojo izquierdo. Y pienso… Mierda. Ahora sí que no puedo salir así. Y me despierto otra vez.

¿Algún psicoanalista por aquí?

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