– Odio este fin de semana… Todos los años, cuando llega, lo odio… Y no le veo el sentido.

Baja la vista, mirando al suelo, triste. A nuestros pies, miles de hojas doradas crujen bajo nuestros pasos. Recorremos los caminos de un monte que nunca hemos visitado juntos, pese a la cercanía. Y pese a todos los años que hace que nos conocemos. No tenemos perdón.

-Lo sé. A mi me pasa un poco lo mismo; con este fin de semana se muere el año… Entra en su parte oscura.- Me mira y sonríe.

-Vaya. Coincidimos en algo.

-En muchas cosas.- Sonrío. Me ofrece una mano. La cojo.

Al pie del acantilado, las olas traídas por los primeros temporales del otoño rompen contra las rocas, levantando espuma que un viento del norte que empieza a sentirse frío nos trae convertida en bruma y olor a mar. Las gaviotas chillan encantadas con el cambio de tiempo mientras nosotros miramos con nostalgia como huye un verano que no conseguimos compartir.

-Se va haciendo tarde, ¿no crees?- Niego con la cabeza. Me mira y sonríe.

-Vale. Vamos.

Y recorremos el camino en sentido inverso. Y bajo las hojas caídas, sin saberlo, nos amenaza escondido un invierno diferente, el primero de muchos…

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