– ¿Se porta bien?

-Como un bendito.- Sonríe feliz mirando al niño que duerme en el carro.- Y tú, ¿te portas bien?

-Siempre que puedo.- Sonrío. Levanto la vista al cielo – Empieza a llover. ¿Un café donde la última vez?

– Vale.

Comenzamos a caminar en silencio. Hace muchos meses que no coincidimos y a su paso la vida ha cambiado bastante para los dos. Pero la sensación de que ayer fue el último día que nos vimos sigue presente. Vuelvo a sonreír. Anda que no ha llovido… Y anda que no hemos hablado…

Al entrar al bar una mujer nos sostiene la puerta, mirando al carrito. Le saludo con un ademán de cabeza dándole las gracias.

– ¿Descafeinado?- Pregunto.

-Sí.

-Pues como yo, que me tengo que cuidar.- Se ríe.

– Sí. Te veo más flaco.- Me encojo de hombros.

La mesa al fondo, de madera antigua, como nuestra amistad… Nos ponemos al día; ella me cuenta su recién adquirida experiencia como madre primeriza, yo le cuento otra más de mis jubilaciones musicales, de las que ya tiene que estar aburrida la pobre…

– Pero sigues haciendo cosas, ¿no?- Pregunta preocupada.

-Sí, tranquila. Me volvería loco si no lo hiciera, ya sabes…

Nos tomamos el café, charlando de nuestras cosas y de las que tuvimos en común durante unos años, recordando. Y después, un abrazo y una vieja estación de tren.

Y me doy la vuelta y le veo alejarse, empujando el carrito.

Lo que cambia la vida…

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