En la mitad de la noche, unos ojos miran al techo fijamente… La respiración agitada, sudor… Hace unos segundos, estaba tumbado en la hierba, escondido, con la cabeza enterrada entre las manos, viendo como sus compañeros de fuga caían uno tras otros abatidos por una especie de águila metálica. Llevaban días corriendo, y al llegar a aquel pueblo casi abandonado, él dudó… No veía claro eso de cruzar aquel prado inmenso, por muy de noche que fuera… Y mierda, tenía razón… Y allí estaban los cadáveres de gran parte de sus amigos para atestiguarlo…

¿Porqué? ¿Porqué no unos sueños tranquilos, de esos de café y paseo, de tarde de lectura, de atardecer al sol? Sueños que traen ideas para canciones y letras, sí, pero no dejan descansar…

En el horizonte, un lejano resplandor… Un sol que brilla en la noche… El segador que, alegre, va afilando la guadaña… Época de siega del dolor… Redoble de tambores bajo una lluvia infernal… Y en el barro, escondido, está un niño que, asustado y encogido, pensó que era un hombre ya… Que se siente engañado y quiere volver a su hogar…

Saber que todo era mentira… Luchar sin nada que ganar… Perder la vida en un suspiro… Matar por un falso ideal… Y al morir, sin haber vivido, darse cuenta de que no eres sino un personaje más, un actor de esta ópera que termina al dejar de respirar…

(Adaptación de la letra de Ópera, de Fundamento Zero)

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