– Fui un imbécil. Lo sé.- El pobre anciano miraba sin ver a través de la ventana, opaca por las gotas de lluvias pasadas y que nadie se había molestado en limpiar.- Debería haberla buscado.

-Tenías cinco años.- Ella, sentada en la silla que había al lado de la cama, dio un trago corto al café.- Cinco años. ¿Qué podías haber hecho?

-No lo sé.- Suspiró.- Pero algo debía haber hecho…

Hace sol esa mañana, en el patio del colegio. Casi todos los niños de la clase corren en masa detrás de una pelota vieja de cuero sucio; una masa informe de pantalones cortos y zapatillas blancas desgastadas. Un grupo de niñas juegan a la cuerda en el otro lado del patio, cantando ajenas al bullicio del partido. Y ella y él se escapan, cogidos de la mano, hasta la pequeña caseta que corona el tobogán de colores que nadie usa. Se sientan dentro, protegidos del mundo, mirándose a los ojos, hoy sin decirse nada. Y, con una sonrisa, escriben con tiza sus nombres en la pared. Durante muchos días ese pequeño lugar será su refugio, su mundo de fantasía, donde cientos de pequeños cuentos de un recreo de duración nacerán y morirán… Hasta que, como siempre, llega un día en que la historia termina; esta vez en forma de traslado.

-¿Algo? ¿Huir de casa? Si eras un crío…

-Sí. Pero tampoco era tanta la distancia… Treinta y cinco miserables kilómetros…

-Un infinito para tus pequeñas piernas…- Ella sonreía. Había oído esa historia miles de veces.

– Nunca volví a sentir nada parecido…

-Cómo me alegro de que la abuela no esté para escucharte… ¿Quieres un café?- Él asintió, aunque lo tenía prohibido.

-No volveremos a vernos.- Él abre los ojos como platos.

-No puede ser. Pero…

-Nos mudamos a la capi… Algo del trabajo de mi padre…

-¿Y nosotros?

-No habrá más nosotros.- Él calla, con las lágrimas pugnando por escaparse. Y desvía la vista hacia sus nombres, escritos todavía en la pared. Le pasa un brazo por encima de los hombros y empieza a llorar, en silencio.

(Basado en Tiza morada, de Akire80)

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