La sala es grande, desnuda y polvorienta, vacía de decoración; tan sólo unas columnas sin gracia de madera y un escenario. Sobre el escenario, unas sillas puestas en círculo, y en ellas, sentados, antiguos compañeros de judo. A la sala se entra atravesando una puerta que da a unas escaleras de bajada. Y ahí estoy, apoyado en el quicio, observando como os miráis sin decir nada. Y salto, desde el peldaño más alto, pero noto que la gravedad es distinta, que la puedo controlar… Acabo de descubrir que es algo mental, educacional, lo que nos hace vivir con los pies pegados al suelo… Y que si quiero no caer puedo hacerlo… Y repito el salto y me deslizo a unos centímetros de la vieja tarima gastada, sin tocarla mas que cuando quiero. Sonrío imaginando la cantidad de aplicaciones que tiene el descubrimiento… Al cuerno las líneas aéreas, las tasas aeroportuarias, las empresas de paracaídas, el parapente, las medidas de seguridad en escalada, los trabajos en altura…

Te busco entre ese pequeño montón de caras conocidas, y me acerco, a contarte mi hallazgo, para ver si entre los dos conseguimos darle alguna utilidad. Pero al hablarte no me escuchas… Tienes la mirada puesta en el de en frente… Es como si yo no existiera… Y ahí noto que estoy despegado del suelo… Te acaricio la mejilla, fría, como una estatua de mármol, y ni te inmutas… Y piso el suelo; la gravedad vuelve a ser la misma de siempre… Me miras y sonríes… Y en mi mente, todo son dudas…

¿Y si sólo hubiera sido un sueño?

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