-¿Vienes a la playa?- Duda. No sabe seguro, no tenemos tanta confianza, pese a conocernos hace años.

– Vale.- Noto que no lo tiene claro.

Nos ponemos en camino. Hace mucho calor, y estamos a primeros de junio, con la Ciudad Dormida disfrazada de antesala del infierno. La gente, cumpliendo el dicho del cuarenta de mayo, agoniza vestida con ropas de invierno a treinta y tres grados y cien por cien de humedad. Los coches circulan con las ventanas subidas, tirando generosos de aire acondicionado. La sigo notando incómoda.

-Oye, que si prefieres y vas a estar más tranquila vamos cada uno por nuestra cuenta.- Se ruboriza.

-No, no te preocupes. En cinco minutos se me pasa.- Asiento, sin saber muy bien porqué.

Llegamos. Extendemos nuestros pareos. Me tumbo mirando al mar, boca abajo, con la vista perdida en el horizonte. La brisa es agradable; hace más soportable la vida dentro del horno en el que estamos. Noto que se tumba al lado, también boca abajo. Silencio. Mejor, así me concentro en la orilla y en el devenir de un grupo de surfers novatos entre las olas. Y de pronto, me viene una pregunta:

-Oye… ¿Tú como te imaginabas la vida a los cuarenta cuando tenías veinte?- Silencio.

– Uf. No sé, no recuerdo…- Piensa.

– ¿La que llevas? ¿O muy diferente?

-La verdad, no sé… Diferente un poco sí, supongo… Me imaginaba igual algo un poco más estable, aunque no sé… Supongo que es un poco complicado… ¿Y tú?

-¿Yo?- Asiente; mi turno de pensar.- Creo que nunca me he imaginado mi futuro… Tal vez para ello necesite una imaginación diferente a la que tengo.

-¿Nunca?- Me encojo de hombros.- ¿Nunca te has imaginado trabajando de algo concreto? ¿Con o sin familia?

-Creo que nunca… ¿Tú sí?

-Me da que yo tampoco… Pero no lo tengo muy claro.

De nuevo el silencio.

Sí que son novatos los de las olas…

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