La habitación era grande, mucho, y en ella, el caos habitual que rodea mi vida: una guitarra eléctrica barata, una guitarra clásica aún más barata y un bajo normalillo; una tabla de abdominales que nunca usé con toneladas de ropa encima, mi primer ampli (una castaña de cuarenta watios), un ordenador de sobremesa sin las tapas laterales y pilas de cds sobre la mesa caótica, junto al monitor de quince pulgadas con inmenso trasero… Un par de altavoces, una silla japonesa de esas que dicen que son buenas para la espalda y que me destrozaba las rodillas, pilas de libros y comics, un peluche de oso panda estrangulado con el cinturón de un albornoz colgando de un armario y, cómo no, una cama deshecha… Aquel era mi infierno, mi desastre… Asustaba, sí, pero era mío…

Lucía el sol, principios de primavera, no recuerdo el año, pero muy a finales de los ochenta. Supongo que iríamos vestidos como íbamos entonces, pantalón vaquero ajustado y cazadora vaquera con borreguito, o con un chandal tres tallas más grande… Sí, a los diseñadores de aquel tiempo creo que acabaron fusilándolos por atentado a la estética… Ella, camiseta heavy de esas que Amancio Ortega vuelve a sacar ahora a la venta en alguna de sus tiendas, manda huevos, y falda corta, negra y ligera… Yo parecido, pero con borrego, por fuera y por dentro… Y sin falda, pantalón.

– Hombre, ¿qué tal?

-Bien, la verdad… Coño tío, hace mucho que no te dejas ver…

-Ya. He andado liado… Me he comprado un ampli y he estado practicando.- Me mira. Me encojo de hombros.

– Un ampli. ¿Eso que es?- Pregunta.

-Un cacharro al que enchufas el bajo y hace que suene. ¿Vamos a mi casa, te lo enseño y te toco algo?- Abre los ojos como platos y sonríe. Me mira fijamente y asiente.

-Claro. Me lo enseñas y luego me tocas algo.

Sonrío. Comenzamos a recorrer las tres o cuatro manzanas que había de su portal a mi casa. Pasamos por delante de la librería de Vicente, del salón recreativo con sus máquinas, futbolines, billares y su eterna nube de humo, de la farmacia, del puticlub 88 que creo ya estaba cerrado, del supermercado, de la pastelería… Charlaríamos de cualquier cosa, de música supongo, que era lo que nos unía…

Abro la puerta. Saludo en voz alta. Nadie en casa… Subimos al tercer piso… Efectivamente, nadie en casa, cosa rara. Entramos a mi habitación. Mira alrededor. Mira el oso estrangulado. Lo señala y se ríe. Mira la cama deshecha y me sonríe, con una picardía que yo, un imbécil de manual que sólo tiene música en la cabeza, no capto.

-Mira. Este es el ampli.

Silencio. Se queda mirando la caja negra, con botones. Una entrada de jack, cuatro potenciómetros, una altavoz pequeño y una pua verde encima. Simple como el mecanismo de un botijo. Me mira, sorprendida ante algo tan… ¿feo? ¿simple? ¿absurdo? Por su cabeza pasa un pensamiento… Bonita excusa para llevarme a su habitación… Sonríe mucho y se sienta, despacio, en el borde de la cama, mirándome fijamente.

-Ahora es cuando me tocas algo, ¿no?- Dice, dejándose caer hacia atrás. Sonrío.

-Claro.- Ella se ríe, y se tumba. Y yo, un imbécil de manual, me levanto de mi silla, la miro, espectacular a sus dieciocho o así bien cumplidos, cuerpo escultural y melena negra larguísima y brillante, me acerco despacio, cojo el bajo que estaba al lado de la cama, me lo cuelgo, lo enchufo al amplificador, enciendo, pongo un tema de Iron Maiden en la cadena y lo acompaño malamente al bajo. Ella se incorpora, sorprendida, y escucha durante siete largos minutos Hallowed be thy name… Acaba el tema, dejo el bajo y pregunto.

-¿Que te parece?

– Eh… Bien, bien… Suena bien…-Sonrío contento.

-¿Salimos?- Me mira, aún más sorprendida. Se encoje de hombros.

-Bueno… Vale.

Y salimos a la calle.

Cuando ella me contó la historia, muchos años más tarde, me sirvió para comprobar lo que ya sabía: lo dicho, un imbécil de manual. Desde pequeñito.

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