Me detengo delante del mismo escaparate en el que me detuve varios miles de veces a lo largo de mi vida: dos cruasanes me llaman con voz sugerente y cálida. La pastelería, la misma que frecuenté desde mi niñez hasta mi primera edad adulta; muy distinta de otra que, unos años más tarde, apareció vestida de magia con nombre de estrella… En ella, paneras de madera clara llenas de diferentes barras ordenadas por tipos, restos de harina sobre la encimera de mármol, una caja registradora verde de las de antaño: teclas enormes que suenan al ser pulsadas con fuerza, cajón que se abre con un clinc metálico… Expositores llenos de donuts, phoskitos, bollycaos, patatas fritas y las inevitables pipas Facundo… Cajoneras de plástico transparente llenas de caramelos de piñones, de menta, de café, de regaliz… Nubes, gominolas con formas de lagarto, cocacola, frutas… Todo aparece en mi mente exactamente igual a entonces, hace ya tanto… Bueno, todo menos la dependienta, que aun siendo la misma que entonces parece que el tiempo haya pasado varias veces por ella. En aquella época era una chica pálida, guapilla, un poco entrada en kilos, de corta melena oscura y ojos castaños llenos de vida y repleta de energía, fuera la hora que fuese. Pero ahora… El pelo cano remarca un rostro cansado lleno de manchas de piel, consumido, agotado… Un rostro de anciana, pese a tener más o menos mi misma edad…

Me mira y noto por su gesto que me reconoce. Sonríe y dice:

-Que mal te ha tratado el tiempo. No tienes sangre en los labios.- Coge los dos cruasanes, los únicos que hay sobre la bandeja y los envuelve con cuidado y manos torpes en el mismo papel azul con letras blancas de toda la vida. Cierra el paquete con un lazo y los empuja hacia mi.- Son para ti; te estaban esperando.

De nuevo en la calle. En la mano, el paquete que siento ardiendo con los dos cruasanes que no debo comer por prescripción médica. No hay nadie cerca, ni coches ni nada… Es como si la Ciudad fuera toda para mi. Me siento en el peldaño de piedra en el que transcurrió parte de mi juventud; abro el paquete y pongo los cruasanes a mi lado, los miro, sonrío, asiento, me levanto y me voy.

Despertador.

 

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