Hace sol y es primavera, una rara combinación en la Ciudad Dormida… Lo que hace que sea un extraño lujo caminar esta tarde por sus calles repletas de turistas tempraneros que huyen de la temporada alta… Y a lo lejos me parece percibir una cabellera rubia llena de rizos locos muy conocida… Y allá que voy.

-Buenas.- Saludo.

-Anda, cuanto tiempo.- Me responde ella.- Coño, si estás igual que siempre…

-Que va… Con menos pelo aún.- Sonrío.- Te veo estupenda.- Me devuelve la sonrisa.- Por cierto, soñé contigo ayer.

-Ay dios… Ya estamos… ¿Y qué hacía? ¿Te seguía con la escoba dándote golpes en el culo?- Me río.

-Que va… Mucho más humano… Te encontraba sentada en el muro del Paseo Nuevo e intentaba ligar contigo.- Ella frunce una ceja y me encojo de hombros.- Al principio la cosa pintaba bien, pero llegados a un punto me decías: “al final eres como todos y lo único que quieres es llevarme a la cama” y…

-Es que al final eres como todos y lo único que quieres es llevarme a la cama.- Sonríe irónica.

-Eh, ya. Digo, no… Digo que… Joe, que me lías… Ah, eso, que yo te decía que no. Que mejor nos íbamos a la playa y lo hablábamos tranquilos. Y añadía, así, como para cagarla del todo: “¿Y qué hay de malo en irse a la cama?”.- Ella hace un gesto como de “¿Ves?¿Qué te decía?”.-Y te enfadabas y decías, flipa…

-A ver que perla me espera…

-“¡Con lo que me ha costado llegar virgen a los treinta y seis!”.- La carcajada se escucha en la otra punta de la ciudad.- Y yo te pedía disculpas muy en serio, diciendo que yo no podía saberlo y que ese era un asunto que podíamos solucionar entre los dos. Y te enfadabas aún más. Y yo no lo entendía. Y claro… Me he despertado partiéndome la caja. Así que muchas gracias por eso, por aparecer.- Ella sigue riendo.

-Desde luego, que mala mente la tuya,con ese subconsciente tuyo que quiere ir desvirgando vírgenes por ahí.

-Oye, que no…

-Vamos, que me tienes de Sor María total.- Me mira divertida, esperando mi reacción.

-No, no… Al menos en la vida real no…

-Es curioso el mundo de los sueños…- Mira hacia el mar, pensativa. Asiento.- De todos modos, estoy de acuerdo.

-¿Con qué?- Pregunto.

-Sois todos iguales.

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