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No es el momento… Ni el lugar… Un par de ordenadores, un taco importante de hojas por leer, con documentación sobre la nueva ley de protección de datos, una mesa redonda grande que cojea en medio de una sala sin ventanas, con luz fluorescente blanca, como de hospital… Y burbujas, mucho ruido de burbujas… Y he dormido poco, aunque sé que no es excusa… Y no debería, pero… Hoy mi fuerza de voluntad está de vacaciones… Muy lejos… Demasiado… Y se me cierran los ojos… Realmente no se me cierran… Se me cierran para los aburridos papeles que tengo delante… Pero se abren en la imaginación, que ve lo que quiere, borra lo que quiere y trae a quien quiere…

La ventana, a mi derecha… Y estoy sentado sobre el sofá, con el montón de aburrido de papeles sobre la mesa de cristal, que no cojea… Veo pasar las nubes, sin prisa pero cargadas de agua, como lleva siendo desde hace meses, en este largo invierno que no termina de morir… Me sonríes y me traes un café, de esos que no debo tomar… Te sientas al lado y apoyas la cabeza en mi hombro… ¿Sabes que no me interesan ni lo más mínimo esa pila de papeles?… ¿Sabes lo bien que van a volar por la ventana?…

Me tumbo, libre al fin, de folios tediosos… Te tumbas, delante de mi, dándome la espalda… Paso mi brazo por tu cintura… Veo nuestra imagen reflejada en el negro de la pantalla de televisión… Somos como éramos hace diez años… Solo que diez años han volado… Y tenemos más arrugas, más canas, más experiencia, o eso dicen… Te duermes… Paz, sí, es lo que veo… Sonrío… Apoyo mi cabeza detrás de la tuya… Me duermo…

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-Sólo vamos si te apetece.

-A ti te apetece, así que vamos.

-A mi sí que me apetece, pero si no quieres no vamos. Tampoco creo que se me caigan los anillos que no tengo.

-No, sí que quiero ir.

-Adjudicado entonces.

Bajamos a la calle. El día está gris y amenaza lluvia; sopla un viento cargado de humedad que arrastra unas nubes bastante oscuras. Serán las nueve y media de la mañana pero parece que son las siete. Hace frío además, y el lugar al que vamos está un poco alto. No se ve a nadie, como todos estos días; el apartamento está en una zona tranquila, tal vez demasiado. Metemos los trastos al coche y arrancamos. Empieza a llover. Enciendo el móvil y pongo la dirección.

-La primera a la izquierda.- Sonríe.

-Llevamos una semana aquí; al menos salir sé.

-Como siempre te equivocas de calle… ¿Pongo música?

-Como quieras.

Circulamos en silencio unos kilómetros; ella concentrada en una autovía con demasiados camiones y yo volando mentalmente, como siempre. Cojo el Ipod y busco algo; tengo Chopin, pero hoy puede ser muy duro… Y no tengo el cuerpo para sigur ros… Así que dejo en un aleatorio en el que suena desde AcDc, Avantasia, Megadeth y similares hasta Jean Michell Jarre, pasando por temas míos sin terminar y cualquier cosa posible. La lluvia va cobrando fuerza.

Salimos de la autovía. Voy dando las indicaciones que me dicta google maps. Me entra un guachap del curro… Es que ni de vacaciones… Puta tecnología… Me mete aún más en mi mundo y me agría el carácter. Respondo de mala gana, a ver si se arreglan sólos… Y, para rematar, empieza a diluviar… Y la temperatura va bajando.

Circulamos por una estrecha carretera de montaña. Afortunadamente he perdido cobertura. Vamos rodeados de pinos, por los Vosgos, en dirección a Struthof, un campo de concentración alemán que se construyó en territorio francés (aunque al estar ocupado por ellos en aquella época tal vez podríamos decir que era en territorio alemán) y que estuvo completamente operativo a partir del 42. La carretera culebrea por las montañas, sin que podamos ver las vistas por la densa niebla que empieza a cubrirlo todo.

-Parece que vayan a aparecer soldados en cualquier momento.- Dice ella.

-Imagínate pasar por un tunel temporal y aterrizar aquí hace setenta y cinco años. Estoy viendo los camiones cargados de prisioneros… Tuvo que ser realmente jodido.

Como para darme la razón lo que era lluvia se transforma en aguanieve. Llegamos al pequeño parking y aparcamos en la única plaza que hay libre. Esperamos un rato a ver si para. Al final decidimos salir. Corremos hasta la entrada. Al llegar nos registran las mochilas; en Francia le dan más importancia a la seguridad que aquí, está claro. Me acerco a la taquilla y pido en un mal francés un par de entradas y algo de información. Escucho las explicaciones con cara de estreñido (lo juro, me estreso un montón en estos casos, una tontería, lo sé, pero no lo puedo evitar), le doy las gracias y comenzamos la visita del edificio en el que estamos, con proyección de vídeo y museo, que se ven antes que el campo.

Después de una película explicativa de unos diez minutos que compartimos con unos adolescentes de la región a los que realmente no les interesa demasiado (imagino que para ellos la segunda guerra mundial estará muy cerca de la prehistoria) en las que nos muestran la bondad y lo maravillosa que puede ser la especie humana (es ironía, que quede claro) pasamos a ver la parte de museo. Fotos de grandes de la Historia (unos grandes hijos de la gran puta todos, sí, pero grandes personajes): Hitler, Goebbels, Himmler, Churchill, Stalin, Mussolini, Franco… Fechas de diversos eventos en aquellos años en los que reinó la cordura del treinta y nueve al cuarenta y cinco (sigue siendo irónico)… A todo esto, acompañados de una niña que no deja de cantar, bailar y subirse a todo lo que puede y que va corriendo de un lado a otro, junto con una madre que hace fotos a absolutamente todo: cualquier texto, cualquier imagen, cualquier objeto… Dirás que soy muy antiguo, pero nos estamos volviendo gilipollas… ¿alguién ve esas putas fotos alguna vez? ¿Qué coño pinta una cría de seis años en un campo de concentración?

Acabada la visita salimos a la calle, en dirección al campo… El trabajo os hará libres… Además de sádicos hijos de puta (me repito, lo sé, pero me la pela) encima con cachondeo… La lluvia nos ha dado un respiro, pero la niebla se pega a todo como una amante pesada… Nos acercamos a la puerta, de madera, grande, con una torreta de vigilancia a la derecha, alambre de espino… Y un cartel en el que pone “Konzentrationslager Natzweiler – Struthof”. Entramos.

Vamos recorriendo las distintas estancias, vemos la doble alambrada con torretas cada ciento cincuenta metros, las camas en las que se apretaban los cincuenta y pico mil presos que pasaron por allí (de los que unos veinticuatromil se quedaron en el camino), una mesa de… Bueno, inicialmente era una mesa de autopsias, pero no se utilizó sólo con cadáveres… El horno crematorio… Las duchas… Y allí, en la mitad del patio, sóla y destacando sobre todo, una horca.

Una horca como las de las películas, solo que de verdad; una simple estructura de madera, con su cuerda lazada en un nudo sencillo… Sencilla y simple, sí, pero allí acabaron colgadas muchas personas, en el centro del patio, para dar ejemplo y que todos lo vieran… Joder…

La gente se volvió loca en aquellos tiempos, sí… Pero los humanos seguimos siendo los mismos… Y los mismos venenos que entonces corren por nuestra sangre: ni hemos cambiado ni vamos a cambiar… Así que, aprendamos de la historia…

O volveran las oscuras horcas de nuevo, en nuestros patios sus muertos a quemar…

No la veo, pero sé que está… Tranquila, como siempre… Como el que sabe que su trabajo se hace sólo y que lo único que queda es esperar… Sóla y ahí, en su esquina, a la sombra, con su capucha oscura, sentada en la silla incómoda de la habitación. Noto que me mira, me sonríe con esa enorme y eterna sonrisa y me deja escuchar sus palabras, dentro de mi cabeza… “Tú todavía no, pero no tengo prisa”…

Sobre la cama él duerme. Por la persiana apenas abierta se cuelan unos tímidos rayos de sol de verano (débil pues no está siendo un verano cálido) que calientan mis pies. Estoy sentado leyendo no recuerdo qué libro y tampoco importa; no puedo prestar atención a las páginas; la respiración pesada me corta el ritmo. A ratos ronca, a ratos no. El tráfico se escucha lejano, aunque está apenas dos pisos más abajo… Es como si el edificio emitiese algo siniestro que hiciera que la gente al pasar lo haga con menos ruido… No sé… Difícil de describir… Tal vez la palabra sea respeto, aunque quién sabe…

Vibra el móvil. Me sacudo sorprendido. Me había quedado traspuesto. Lo miro: un amigo que viene de visita, compañero de cientos de aventuras sobre muchos escenarios… Miles de horas de nuestras vidas juntos, lo que tiene una banda… Miro alrededor. Está despierto.

– ¿Quieres el desayuno?- Veo que lo han puesto en la mesilla, junto con un montón de pastillas innecesarias a estas alturas de la película. Niega con la cabeza.- ¿Y un café de la cafetería?- Asiente.- ¿Y un cruasan?- Duda.

-Vale.- Dice en voz muy baja.

Me levanto y me estiro. Me crujen la espalda y el cuello. Miro alrededor. Ella parece haberse ido. Estará de visita en otras habitaciones. Le enciendo la tele, pongo un programa impresionantemente cutre de una tienda yankee de cosas de segunda mano que parece gustarle últimamente y salgo sin ruido de la habitación. Entro en el ascensor. Se cierra la puerta. Respiro profundo y le doy al cero.

En la cafetería pido un café solo y un descafeinado con leche. Sí, sólo; se pasaría el día dormido aunque la cafeína fuera intravenosa… Es lo que tiene el bicho, que te duerme, entre otras cosas. Ah, y dos cruasanes; uno para él y otro para mi, aunque no debo comer esas cosas…

Subo y desayunamos. Se toma el café y medio cuerno. Hoy está despierto.

-Ahora viene Asier. Que te quiere saludar.- Asiente en silencio. Gira la vista a la ventana.- ¿La abro más?- Asiente y la levanto un poco. Hoy hace buen día: sol sin calor ni humedad… Un pequeño milagro en la Ciudad Dormida.

La tienda de la tele sigue con su compra venta. No le hacemos mucho caso, cada uno en sus pensamientos. Suenan unos nudillos contra la puerta. Se asoma Asier.

-Hola.- Dice tímido, algo raro en él. Me saluda con un ademán de cabeza.- ¿Cómo estás?-  Le pregunta. Él sonríe.

-De puta madre, ya ves.

Charlan un rato. Les digo que les dejo tranquilos un momento. Salgo de la habitación y me voy a la sala que hay a la derecha. Miro por la ventana. Es curioso, nunca imaginas que esas cosas ocurran. Pero ocurren, todos los días y a todo el mundo. Tal vez sea una mierda, sí, pero son las reglas del juego. De un juego del que nadie nos dio un manual, ni nos dijo cual era el objetivo. Sólo podemos sospecharlo… Al rato vuelvo a entrar.

-… Y al final ya ves, no bajamos entre una cosa y otra. Si es que el tiempo pasa a una velocidad…- Dice Asier. Él sonríe con ironía.

– ¿A mi me lo estás contando?- Se hace el silencio tras la sentencia. De la calle llega el sonido amortiguado de un par de pájaros cantando. Al cabo de unos segundos se reanuda la conversación, que sigue durante un rato.

Estamos solos de nuevo. Miro a la puerta. No la veo, pero sé que está… Tranquila como siempre, esperando en su esquina con la capucha puesta… Y su eterna sonrisa…

– Mañana llego a Húsavik… Llevo ya una buena paliza encima, tras los fiordos del oeste…- Hay silencio en la línea.- ¿Estás bien?

– Sí. Más o menos…- Más silencio en la línea.

– ¿Me lo quieres contar?

– No hace falta. Además, no es nada.- Grenivik parece abandonado, como la otra vez que pasé por allí, hace ya diez años; diez años en los que nada había cambiado. La niebla flota densa sobre Eyjafjördur, un precioso e inmenso fiordo islandés. Hace bastante frío y me encuentro sentado en el borde de un embarcadero, con los pies colgando y la vieja bicicleta blanca tumbada a mi lado. De fondo, seis casas blancas de tejado rojo y dos ventanas cada una parecen mirarnos, como el conjunto de enanitos de jardín que hay en una de ellas.

– Me encantaría que vinieras aquí y compartieras esto conmigo.

– Es que…- Le corto.

– Sí, ya sé que la bici no es lo tuyo. Da igual. La regalo y alquilamos un coche con lo que saque, lo que sea… Si vienes dejo esta locura. Sabes que lo haría… Me encantaría que estuvieras aquí, conmigo, con estas vistas, con esta calma mágica…- Silencio en la línea.- Creo que te vendría bien. Bueno, creo que nos vendría bien…

– Tiene que ser precioso.

– No sabes cuanto. Pero faltas tú. Sigur Rós ya está de fondo, pero no es lo mismo…

– Es que… Sabes que no puede ser…- Pasa volando cerca un charrán, pájaro de mal agüero. Lo vuelvo a mirar con odio, como aquella vez que me atacó uno no muy lejos de allí. Asiento, aunque no puede verme.

– Lo sé.- Silencio en la línea, de nuevo. Sopla una ráfaga de viento que hace que la temperatura dé la sensación de haber caído varios grados de golpe.- Joder que si lo sé…

Comienza a llover. Colgamos en silencio. Me levanto, me coloco el pañuelo, la bufanda, el casco, las gafas y los guantes, en ese orden, y me subo a la bici. Paseo la mirada alrededor, despidiéndome. Tal vez sea la última vez que pase por aquí; siempre puede serlo. Sonrío, triste.

Y sigo mi camino.

El techo es blanco. Y, ahora que me fijo, está mal pintado. Ni siquiera está bien alisado. Veo marcas, muchas, grumos, líneas… El que lo hizo en su día no puso demasiado esmero. O, tal vez, al colocar yo la lámpara no tuve en cuenta que la luz saldría disparada en una dirección que acentuaría cualquier irregularidad que se encontrara a su paso. Mierda. Otra vez más en las que no se miden las consecuencias…

El suelo está frío. Es mayo, a finales. O junio, a primeros. Estoy caído, sin camiseta. Siento cada una de las láminas de madera pegadas a mi espalda. Tan pegadas que no puedo moverme. No tengo suficiente energía para ello. Justo puedo rotar la cabeza. Hay polvo en el suelo, y algunos pelos. Es mi estudio, y con todos los que se caen de mi cabeza es normal. Hasta me sorprende que no haya más. Puede que en realidad no haya tantos, pero desde la posición en la que me encuentro… Tendría que pasar una mopa. Pero, como he dicho antes, no puedo moverme. Estoy pegado al suelo. No tengo fuerzas para levantarme.

Estoy sólo. Es fin de curso, lo que supone más tiempo para mi. Ni sé cuanto tiempo llevo aquí, tirado. No me importa. La mente está en blanco. Tal vez está digiriendo la noticia. Tal vez no sea capaz de asimilarla. Tampoco sé cual es la diferencia entre ambas opciones. Además no puedo hacer gran cosa para arreglarlo. Sólo estar. Y una manera de estar es aquí, tumbado en el suelo que se pega a mi espalda, mirando el techo desarreglado de mi estudio. Y llevo unas cuantas tardes así; horas de techo y silencio… Pilas descargadas, intentando coger fuerza para lo que se avecina…

Suenan unas llaves en la cerradura. A vestir una sonrisa con cara de preocupación y a seguir adelante…

Me dices, me cuentas, te escucho, te oigo… Pero en el fondo no hay palabras. Llueve tras la ventana, mucho además, y me transmite lo mismo que tú. Frío y humedad, ganas de que termine este puto invierno lleno de agua, más agua y mucha más agua.

La habitación viste oscura. Y no es porque no lo intente… Pintada de blanco, la persiana subida hasta arriba, la puerta abierta de par en par… Pero nada… Si no hay luz fuera, ¿cómo va a haberla dentro?

Siento que el culo se me pega a la silla, sin ganas de moverme, de salir a esas calles caladas, gélidas, que cruzan la Ciudad Dormida. Tengo que hacerlo pero, joder, te juro que da pereza.

Y mira que siempre he sido más de frío que de calor… Pero esta vez está costando calentar el alma… Hay tantas cosas difíciles de entender… Y, mientras, para ayudar, pues eso, a todas horas la puta lluvia, en este puto invierno…

Ambos están sentados en el suelo. No hace calor sobre la madera barnizada. Ella se sienta sobre una pequeña manta roja de algo que parece ser lana pero que podría ser cualquier cosa sintética. El tacto parece agradable. Él está directamente sentado sobre la madera, con los pies descalzos y los pantalones extrañamente remangados. De fondo suena Live at Pompeii de David Gilmour, el primer disco. En la calle llueve con ganas y el día está oscuro. Sobre la mesa de cristal lucen encendidas un par de velas.

-Siempre me dio miedo no hacer las cosas perfectas.- Ella lo mira, sorprendida.- Competía, ganaba el campeonato de aquí, pero cuando tocó dar el paso a los nacionales… Ahí lo dejé. Cuando retomé años más tarde ya no había posibilidades… Y así con todo… Los estudios… Siempre elegía lo que para mi era más fácil y no me costaba esfuerzo… Mate, física, estadística, algoritmia… Esas… Las de memoria, uf… Esas ya era otra película… Incluso como cuando juego a las damas en el móvil… Sabiendo que tengo muchas posibilidades de ganar en los niveles más difíciles, siempre elijo los fáciles… Para que no haya sorpresas…- Agacha la cabeza y mira entre los pies. The Grat Gig In The Sky arranca a sonar, bajito, de los altavoces. Se callan, para escuchar cómo las voces juegan sobre la melodía de base. Ella sonríe.

-No sé… Igual hay que conformarse con hacer las cosas medio bien, sin que sean perfectas…- El se encoge de hombros.

-Tal vez… Sí, tal vez…

-Ven.- Ella se incorpora y le tiende la mano. El la coge y se deja guiar al sofá.- Túmbate.- El obedece. Ella se tumba al lado. Se abrazan.- Escucha.

Se escucha la lluvia, fuerte, contra la ventana, mientras David Gilmour agradece al público por estar allí, ayudándole a recordar aquel concierto que dio con Pink Floyd hace más de cuarenta años.

-Estaría bien que te quedarás aquí.- Dice ella. Él asiente.

-¿Puedo cambiar de canción?- Pregunta él. Ella abre los ojos, sorprendida. Asiente.

Y comienza a sonar.

 

Sobre la pequeña tabla de madera hay pintadas cuatro letras verdes, con formas afiladas. Cuelga, como un cuadro sin marco, de una pared decorada con posters de algunos grupos heavies de los ochenta, con sus melenas cardadas y sus mallas ajustadas. A sus pies, una batería sencilla, de principiante. Y, junto a ésta, un par de amplificadores negros de guitarra y uno marrón para el bajo.

Los instrumentos, sencillos todos ellos, están apoyados sobre los amplis que descansan apagados. Se escuchan risas. Hay un montón de bolsas de snacks que van a hacer de merienda, y nada excesivamente sano, no sea que la inspiración desaparezca. Han sonado un puñado de canciones sencillas, repetidas una y otra vez hasta la saciedad. Pero no importa; se da todo en cada intento. Quién iba a pensarlo, ¿eh? Todo lo que salió de allí… Quién iba a pensarlo… Cuatro chavales, toda una vida por delante… Una letra para cada uno…

Lunes por la mañana, metro de Bilbao. En mis oídos, mis nuevas canciones, compuestas para mi sólo… Vale, alguno más ya las ha escuchado, pero no cuenta… Temas no terminados del todo… Letras sin concretar, bocetos de solos de guitarra, baterías sin terminar de cuadrar… Pero que ya tienen forma… En mis oídos mis nuevas canciones y, colándose por debajo, el ruido del metro y la megafonía… Queda bien… Y en mi cabeza, dando vueltas una y otra vez… Quién iba a pensarlo…

El otro día tuve un sueño… Un sueño bastante extraño, lo que tratándose de mi puede llegar a ser realmente preocupante… Me desperté mirando al techo y alrededor, sin saber muy bien donde estaba, ni qué hacía, ni quién era… Muy raro…

Corría por las calles de la Ciudad Dormida, en medio de una tarde gris, mezcla de atardecer nublado y humo. Los edificios ardían y se derrumbaban por todas partes y la gente huía en cualquier dirección, jugando a la lotería esa de buscar un refugio que no se te desplome encima; coches volcados y autobuses en llamas por las carreteras; tiendas abandonadas, gente dedicándose al pillaje… Cristales rotos… Aviones volando bajo en formación dejando caer su mortífera carga a su paso: filas perfectas de destrucción que elevaban columnas inmensas de fuego y cascotes… Cuerpos desmembrados bajo mis pies… Se escuchaban ráfagas de ametralladoras y pequeñas explosiones tan cerca que cada una hacía que se te encogiera el alma.

En mis manos, un arma: un palo. Ya me dirás tú qué coño hago yo con eso. Pero corro agachado intentando que los soldados que caminan por la calle observándolo todo no me descubran. A ratos me arrastro por el barro, me escondo dentro de algún barril caído, me meto en el agua hasta la cabeza… Hasta que llego a una casa en lo alto de una cuesta (realmente es el restaurante de Juan Mari Arzak, pero en mi sueño sigue con la fachada de toda la vida, no eso que han hecho ahora). Llamo a la puerta, que se abre un poco. Una mano me agarra de la chaqueta y me introduce dentro, con determinación. Acabo en el suelo, con dos pistolas apuntando a la cabeza. Nadie dice nada. Pero saben que soy de los suyos. La bella joven que debe ser la jefa debe tener la capacidad de leer dentro de la mente de los demás. Me ofrece una mano para que me levante. La cojo y me ayuda. Saludo serio y, cuando voy a abrir la boca, me pone un dedo en los labios, negando con los ojos. Y escucho una voz clara dentro de mi cabeza que me dice que no tenemos que hablar, que los seres a los que nos enfrentamos escuchan allí donde haya palabras. Y que si nos escuchan y nos tocan, acabaremos en “el otro lado”. Asiento. Pienso en alto que una vez ya estuve allí. Lo sé, vuelvo a escuchar en mi mente; por eso estás aquí: para traer de vuelta a todos los que se fueron. Y empezamos a prepararnos para el ritual que nos pondrá en contacto con los que se han perdido… Dar cien vueltas corriendo alrededor de unas cajas de madera en llamas bajo una escalera de metal. Y empezamos a correr… Y según algunos empiezan a resoplar, comienzan a desaparecer… Mierda, no voy a ser capaz… Digo sin querer…

Y me despierto.

La música, inseparable, suena de fondo… Pink Floyd, último y prescindible disco, pero que hace su función: rellenar sin estridencias ni molestar. Al lado de los nuevos altavoces (un par de flamantes Play 1 de Sonos), una pila de fotocopias y apuntes de anatomía y diversas técnicas de masaje… ¿Tu ya sabes parar? me preguntaron ayer… Dentro de un tiempo me pasaré parado toda una eternidad, así que ya habrá tiempo para eso… Por ahora… Músculos, tendones, ligamentos, nervios, amasamientos, estiramientos, fricciones, manipulaciones, Cyriax… Mucho tute del que mola…

Ando dandole vueltas a la letra de una canción que ya di por terminada… No sé si hacer una nueva ya que nunca me ha convencido… La letra sí, pero como que no casa con la música… Y eso que la letra es bastante oscura, como la canción… Pero no, no funciona… Tal vez una letra que comience con “La distancia siempre ha sido un gran problema, como el tiempo y la verdad…” y luego, después de unos versos aún sin definir siga con “de aquellos violines las cuerdas se han roto ya, partituras ahogadas en lágrimas”… Lo de los violines vale, pero lo otro…

Igual ando muy exigente, no sé… Total, sólo las escucho yo…

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