You are currently browsing the category archive for the ‘Entrada de Blog’ category.

Sobre la pequeña tabla de madera hay pintadas cuatro letras verdes, con formas afiladas. Cuelga, como un cuadro sin marco, de una pared decorada con posters de algunos grupos heavies de los ochenta, con sus melenas cardadas y sus mallas ajustadas. A sus pies, una batería sencilla, de principiante. Y, junto a ésta, un par de amplificadores negros de guitarra y uno marrón para el bajo.

Los instrumentos, sencillos todos ellos, están apoyados sobre los amplis que descansan apagados. Se escuchan risas. Hay un montón de bolsas de snacks que van a hacer de merienda, y nada excesivamente sano, no sea que la inspiración desaparezca. Han sonado un puñado de canciones sencillas, repetidas una y otra vez hasta la saciedad. Pero no importa; se da todo en cada intento. Quién iba a pensarlo, ¿eh? Todo lo que salió de allí… Quién iba a pensarlo… Cuatro chavales, toda una vida por delante… Una letra para cada uno…

Lunes por la mañana, metro de Bilbao. En mis oídos, mis nuevas canciones, compuestas para mi sólo… Vale, alguno más ya las ha escuchado, pero no cuenta… Temas no terminados del todo… Letras sin concretar, bocetos de solos de guitarra, baterías sin terminar de cuadrar… Pero que ya tienen forma… En mis oídos mis nuevas canciones y, colándose por debajo, el ruido del metro y la megafonía… Queda bien… Y en mi cabeza, dando vueltas una y otra vez… Quién iba a pensarlo…

Anuncios

El otro día tuve un sueño… Un sueño bastante extraño, lo que tratándose de mi puede llegar a ser realmente preocupante… Me desperté mirando al techo y alrededor, sin saber muy bien donde estaba, ni qué hacía, ni quién era… Muy raro…

Corría por las calles de la Ciudad Dormida, en medio de una tarde gris, mezcla de atardecer nublado y humo. Los edificios ardían y se derrumbaban por todas partes y la gente huía en cualquier dirección, jugando a la lotería esa de buscar un refugio que no se te desplome encima; coches volcados y autobuses en llamas por las carreteras; tiendas abandonadas, gente dedicándose al pillaje… Cristales rotos… Aviones volando bajo en formación dejando caer su mortífera carga a su paso: filas perfectas de destrucción que elevaban columnas inmensas de fuego y cascotes… Cuerpos desmembrados bajo mis pies… Se escuchaban ráfagas de ametralladoras y pequeñas explosiones tan cerca que cada una hacía que se te encogiera el alma.

En mis manos, un arma: un palo. Ya me dirás tú qué coño hago yo con eso. Pero corro agachado intentando que los soldados que caminan por la calle observándolo todo no me descubran. A ratos me arrastro por el barro, me escondo dentro de algún barril caído, me meto en el agua hasta la cabeza… Hasta que llego a una casa en lo alto de una cuesta (realmente es el restaurante de Juan Mari Arzak, pero en mi sueño sigue con la fachada de toda la vida, no eso que han hecho ahora). Llamo a la puerta, que se abre un poco. Una mano me agarra de la chaqueta y me introduce dentro, con determinación. Acabo en el suelo, con dos pistolas apuntando a la cabeza. Nadie dice nada. Pero saben que soy de los suyos. La bella joven que debe ser la jefa debe tener la capacidad de leer dentro de la mente de los demás. Me ofrece una mano para que me levante. La cojo y me ayuda. Saludo serio y, cuando voy a abrir la boca, me pone un dedo en los labios, negando con los ojos. Y escucho una voz clara dentro de mi cabeza que me dice que no tenemos que hablar, que los seres a los que nos enfrentamos escuchan allí donde haya palabras. Y que si nos escuchan y nos tocan, acabaremos en “el otro lado”. Asiento. Pienso en alto que una vez ya estuve allí. Lo sé, vuelvo a escuchar en mi mente; por eso estás aquí: para traer de vuelta a todos los que se fueron. Y empezamos a prepararnos para el ritual que nos pondrá en contacto con los que se han perdido… Dar cien vueltas corriendo alrededor de unas cajas de madera en llamas bajo una escalera de metal. Y empezamos a correr… Y según algunos empiezan a resoplar, comienzan a desaparecer… Mierda, no voy a ser capaz… Digo sin querer…

Y me despierto.

La música, inseparable, suena de fondo… Pink Floyd, último y prescindible disco, pero que hace su función: rellenar sin estridencias ni molestar. Al lado de los nuevos altavoces (un par de flamantes Play 1 de Sonos), una pila de fotocopias y apuntes de anatomía y diversas técnicas de masaje… ¿Tu ya sabes parar? me preguntaron ayer… Dentro de un tiempo me pasaré parado toda una eternidad, así que ya habrá tiempo para eso… Por ahora… Músculos, tendones, ligamentos, nervios, amasamientos, estiramientos, fricciones, manipulaciones, Cyriax… Mucho tute del que mola…

Ando dandole vueltas a la letra de una canción que ya di por terminada… No sé si hacer una nueva ya que nunca me ha convencido… La letra sí, pero como que no casa con la música… Y eso que la letra es bastante oscura, como la canción… Pero no, no funciona… Tal vez una letra que comience con “La distancia siempre ha sido un gran problema, como el tiempo y la verdad…” y luego, después de unos versos aún sin definir siga con “de aquellos violines las cuerdas se han roto ya, partituras ahogadas en lágrimas”… Lo de los violines vale, pero lo otro…

Igual ando muy exigente, no sé… Total, sólo las escucho yo…

Vibra un móvil en la mitad de la mesa de la sala. Ella deja de mirar como cae la lluvia en la plaza, cierra el libro que tiene abierto sobre el regazo, se calza las cómodas zapatillas de andar por casa y se encamina hacia el teléfono, que sigue vibrando alegre. Mira quién llama, pone cara de sorpresa, sonríe y descuelga.

-¡Hola! ¿De qué guindo te has caído?

-Ya, lo sé. No tengo perdón. Soy un desastre.- Ella ríe.

-Cierto. Lo eres. Hace meses que no sé nada de ti. ¿Va todo bien?

-Sí, muy liado… Entre la música, el curso de masaje, el curro, la vida… Mucha locura.

-Ya, me imagino. Tanta que no sacas ni un huequito para mi, para ese masaje relajante que me prometiste y que nunca me has dado.- Él agacha la cabeza, culpable, aunque ella no puede verle.

-Lo sé.- Dice compungido.- Perdona.

-No te preocupes. Sabes que no me importa. Somos así. Aparecemos y desaparecemos a nuestro antojo. Pero sabemos que estamos ahí.

-Como los buenos amigos.

-Eso es.- Se hace un corto silencio.- ¿Y que te cuentas?

-Esto… Igual es una tontería, pero… He soñado contigo.

-Anda. ¿Estaba bien?

-Sí.

-¿Y se puede contar?

-Claro.- Se aclara la garganta.- Era un miércoles. Yo te llamaba por teléfono…

-Como hoy.- Interrumpe.

-¿Hoy es miércoles?- Hay una pausa.- Coño, pues sí.- Ella ríe.

-Sí que eres un desastre.

-Ya… Bueno, pues eso, que te llamaba por teléfono y te decía: “Hola guapísima…

-Jajajajaja… ¿Me decías “guapísima”? Entonces seguro que era un sueño…

-Esto… “Hola guapísima… ¿Quedamos hoy?”

-Por ahora va espectacular.- Ríe otra vez. El alza los ojos al cielo… Santa paciencia…

-Y me decías: “Vale. ¿Como?”. Y yo repondía: “Voy a tu portal, toco el timbre, me abres, subo, te doy un abrazo de verdad, un beso de verdad y luego salimos”.

-Toma ya. Un beso de verdad. Jejeje… Tremendo.

-Total, que me dices que vale.

-Efectivamente.- Dice ella.

-¿Efectivamente?

-Efectivamente es un sueño.- Y suelta una carcajada. El continúa.

-Y en el sueño, voy a tu casa, llamo al timbre, me abres, subo los siete pisos por la escalera, entro al piso, cerramos la puerta, nos damos un abrazo de los de verdad, y luego nos besamos. Y luego, sonriendo, salimos, según el plan previsto.- Aunque no se ven, los dos sonríen.

-Bueno, parece bonito. Un bonito sueño.

-Sí. Me apetecía contártelo. Y así de paso escuchaba de nuevo tu voz, que hace mucho que no estamos.

-Ya. A ver si estamos.

-Cierto. Te prometo que un día de estos que ande más libre te llamo y tomamos un café o algo.

-Vale. Cuídate mucho, ¿de acuerdo?

-De acuerdo. Y tú también.- Ambos cuelgan.

Ella vuelve a dejar el teléfono sobre la mesa. Sonríe. Se descalza y camina así sobre la alfombra, hacia la ventana. Fuera llueve con fuerza y no se ve un alma en la calle. Coge el libro. Se lo apoya en el pecho cruzando los brazos. Vuelve a vibrar el móvil. Se acerca. Descuelga.

-Hola guapísima… ¿Quedamos hoy?- Dice una voz nerviosa…

Lleva conmigo 25 años hará en Diciembre… Mis primeros royalties de músico los gasté en ella, una entonces flamante cadena HiFi de marca Aiwa, con ecualizador de siete bandas, unos 120 watios RMS, es decir, de los de verdad, tocadiscos, doble pletina, triple cd, radio programable, despertador, dos buenos altavodes de tres vías que aguantaban toda la tralla que le quisieras dar con una calidad de sonido importante… Un buen cacharro para un pirado de la música como tengo la desgracia de ser…

Con el paso de los años le fueron saliendo “arrugas” y pequeños… mmm… podríamos denominarlos como tumores, que suponían la amputación de algún trozo, pero no su muerte… Y así cayó primero el tocadiscos (lo que no me creó ningún trauma ya que, lo diga quien lo diga, para mi el CD le da mil vueltas al disco… Amén), y después el reproductor de cds. Años más tarde, ya en esta casa en la que habito hoy, la doble pletina con la que compuse alguna de mis canciones (sí, aunque hoy me parezca increible haber trabajado así) pasó a mejor vida. Y sólo quedaron la etapa y el sintonizador de radio, que rara vez usaba. A la etapa le conectaba de todo: un reproductor de CDs, el portátil, las mesas de mezclas, el IPod, la pedalera… Hasta el móvil en alguna ocasión… De todo… Un montón de jacks etiquetados, colgando en un lateral de una estantería…

Y me fui de vacaciones (con una historia porno gay sin final feliz que igual un día me animo a contar). Y recibí una llamada dándome la noticia: mi Aiwa, mi compañera musical desde hace casi 25 años no despertaba. Había muerto. Y pasé aquellos días pensando en ella, a casi tres mil kilómetros, triste, abandonada y en silencio.

Volví y comprobé que, en efecto, no despertaba. Y la llevé a arreglar (gracias a los de Sonitel, barrio de gros en la Ciudad Dormida). Pero mientras, por si acaso, fui mirando otras opciones… Miré Sonos, cuya calidad sonora no discutía pero que no me convencía al tener que manejar casi todo desde un móvil y tener tan sólo una conexión disponible para mi colección de trastos (además que no sabes realmente la potencia de los altavoces, aparte de que me da pereza llenar toda mi casa de wifi… lo sé, menudo informático de los cojones… pero esa es otra historia)… Miré Denon, Marantz… Pero ninguno llegaba ni de lejos a mi ecualizador de siete bandas a un precio razonable…

Hoy ha vuelto, después de estar dos semanas en el médico. Y tras un susto inicial, vuelve a sonar música en condiciones en esta casita de un pueblo pegado a la derecha de la Ciudad Dormida mirando al mar… Y que dure, porque la verdad, me va a costar encontrar algo como ella…

Hace sol y es primavera, una rara combinación en la Ciudad Dormida… Lo que hace que sea un extraño lujo caminar esta tarde por sus calles repletas de turistas tempraneros que huyen de la temporada alta… Y a lo lejos me parece percibir una cabellera rubia llena de rizos locos muy conocida… Y allá que voy.

-Buenas.- Saludo.

-Anda, cuanto tiempo.- Me responde ella.- Coño, si estás igual que siempre…

-Que va… Con menos pelo aún.- Sonrío.- Te veo estupenda.- Me devuelve la sonrisa.- Por cierto, soñé contigo ayer.

-Ay dios… Ya estamos… ¿Y qué hacía? ¿Te seguía con la escoba dándote golpes en el culo?- Me río.

-Que va… Mucho más humano… Te encontraba sentada en el muro del Paseo Nuevo e intentaba ligar contigo.- Ella frunce una ceja y me encojo de hombros.- Al principio la cosa pintaba bien, pero llegados a un punto me decías: “al final eres como todos y lo único que quieres es llevarme a la cama” y…

-Es que al final eres como todos y lo único que quieres es llevarme a la cama.- Sonríe irónica.

-Eh, ya. Digo, no… Digo que… Joe, que me lías… Ah, eso, que yo te decía que no. Que mejor nos íbamos a la playa y lo hablábamos tranquilos. Y añadía, así, como para cagarla del todo: “¿Y qué hay de malo en irse a la cama?”.- Ella hace un gesto como de “¿Ves?¿Qué te decía?”.-Y te enfadabas y decías, flipa…

-A ver que perla me espera…

-“¡Con lo que me ha costado llegar virgen a los treinta y seis!”.- La carcajada se escucha en la otra punta de la ciudad.- Y yo te pedía disculpas muy en serio, diciendo que yo no podía saberlo y que ese era un asunto que podíamos solucionar entre los dos. Y te enfadabas aún más. Y yo no lo entendía. Y claro… Me he despertado partiéndome la caja. Así que muchas gracias por eso, por aparecer.- Ella sigue riendo.

-Desde luego, que mala mente la tuya,con ese subconsciente tuyo que quiere ir desvirgando vírgenes por ahí.

-Oye, que no…

-Vamos, que me tienes de Sor María total.- Me mira divertida, esperando mi reacción.

-No, no… Al menos en la vida real no…

-Es curioso el mundo de los sueños…- Mira hacia el mar, pensativa. Asiento.- De todos modos, estoy de acuerdo.

-¿Con qué?- Pregunto.

-Sois todos iguales.

Tan sólo coincidimos una vez en toda nuestra vida… Una sóla, y fíjate la que se lió… La única vez que hicimos algo a la vez: cruzar una puerta. Realmente no fue así, porque ella salió primero, pero me gusta pensar que lo hicimos juntos…

Luego siempre fuimos al revés en todo; en la forma de ser, ella abierta y yo cerrado; en la manera de vestir, ella bien y yo un desastre; en la manera de viajar, ella tardaba horas en prepararlo todo y yo un minuto; en la manera de creer, ella creyente y yo agnóstico con una inclinación más que marcada hacia el ateísmo de corte radical; en la manera de vivir, ella a tope y yo, pues que quieres que te diga, dejando a veces que se escaparan demasiados segundos; en la manera de enfocar el futuro, ella con niños y yo lejos y ni en pintura… Y, sobre todo, en el espacio tiempo… Cada vez que ella se iba yo llegaba y al revés… Y oye, aún y todo nunca perdimos el contacto, ni la amistad, ni el cariño más profundo…

Estoy sentado en la mitad de la postal; hoy la playa aparece vacía si exceptuamos tres chicas que juegan a hacerse fotos con bikinis un poco ridículos para mi gusto (señal de que voy envejeciendo), y un hombre alcohólico a diez metros a la izquierda que va vaciando poco a poco una botella, una de esas que ayudará a enterrarlo… El sol se cuela a momentos entre las nubes negras que corren por el fondo de la imagen… Y hace frío… Y la música no ayuda demasiado… Y aquí estoy,  jugando a imaginar, mientras los barcos se mecen en la distancia, ignorantes del temporal que anuncian para mañana… Y aquí estoy, jugando a imaginar… En vez de estudiar para el examen de mañana… Jugando a imaginar… ¿Te imaginas que en lugar de una vez hubieran sido dos? ¿Qué hubiera pasado entonces? 

El Cristo de lo alto del monte tiene una mano levantada… Y desde aquí no consigo verlo bien pero… Parece que hace un no con un dedo… Será cabrón… Que sabrás tú lo que corre por mi mente… o ¿sabes leer el vacío? 

Sale el sol de nuevo… Es hora de irse…

En el viejo local suena de fondo Sweet temptation de Lillix, a poco volumen, de los grandes altavoces, desacostumbrados a tan poco trabajo.

-Odio conducir. Odio la moto. Odio la N1.- Sobre el viejo sofá apolillado descansa el casco, al lado de un vaso de plástico con un café con leche descafeinado. Se le nota estresado.- Lo odio.

-Mucho odio para ti; tienes que poner más amor en tu vida.- Dice ella, desde la distancia.

– Vale.- Responde él. Lo piensa unos segundos y dice:- Me encanta conducir. Amo la moto. La N1 es lo segundo más hermoso del mundo.- Silencio al otro lado de la línea.

-¿Y qué es lo primero?- Pregunta ella, intrigada.

– Tus piernas, claro.- Responde pícaro. Ella se ríe.

-Eso es que me ves con buenos ojos.

– Tal vez con el izquierdo. Con el derecho no creo.

-¿Y eso?

-Eso se llama miopía y astigmatismo. No hay más secretos.- Ella ríe al otro lado de la línea.

-Hasta en eso nos tenemos que llevar la contraria… El malo mío es el izquierdo: hipermetropía y astigmatismo.- Sonríen los dos, aunque no pueden verse.

-Está claro que ni en eso íbamos a concidir.- Dice él.

-Como las vacaciones y la canción: cuando tú vas yo vengo… Igual deberíamos cambiar los ojos…

-Tal vez… Una parte sería perfecta pero…

-La otra un desastre…- Dicen a coro…

Me detengo delante del mismo escaparate en el que me detuve varios miles de veces a lo largo de mi vida: dos cruasanes me llaman con voz sugerente y cálida. La pastelería, la misma que frecuenté desde mi niñez hasta mi primera edad adulta; muy distinta de otra que, unos años más tarde, apareció vestida de magia con nombre de estrella… En ella, paneras de madera clara llenas de diferentes barras ordenadas por tipos, restos de harina sobre la encimera de mármol, una caja registradora verde de las de antaño: teclas enormes que suenan al ser pulsadas con fuerza, cajón que se abre con un clinc metálico… Expositores llenos de donuts, phoskitos, bollycaos, patatas fritas y las inevitables pipas Facundo… Cajoneras de plástico transparente llenas de caramelos de piñones, de menta, de café, de regaliz… Nubes, gominolas con formas de lagarto, cocacola, frutas… Todo aparece en mi mente exactamente igual a entonces, hace ya tanto… Bueno, todo menos la dependienta, que aun siendo la misma que entonces parece que el tiempo haya pasado varias veces por ella. En aquella época era una chica pálida, guapilla, un poco entrada en kilos, de corta melena oscura y ojos castaños llenos de vida y repleta de energía, fuera la hora que fuese. Pero ahora… El pelo cano remarca un rostro cansado lleno de manchas de piel, consumido, agotado… Un rostro de anciana, pese a tener más o menos mi misma edad…

Me mira y noto por su gesto que me reconoce. Sonríe y dice:

-Que mal te ha tratado el tiempo. No tienes sangre en los labios.- Coge los dos cruasanes, los únicos que hay sobre la bandeja y los envuelve con cuidado y manos torpes en el mismo papel azul con letras blancas de toda la vida. Cierra el paquete con un lazo y los empuja hacia mi.- Son para ti; te estaban esperando.

De nuevo en la calle. En la mano, el paquete que siento ardiendo con los dos cruasanes que no debo comer por prescripción médica. No hay nadie cerca, ni coches ni nada… Es como si la Ciudad fuera toda para mi. Me siento en el peldaño de piedra en el que transcurrió parte de mi juventud; abro el paquete y pongo los cruasanes a mi lado, los miro, sonrío, asiento, me levanto y me voy.

Despertador.

 

-Algún día…

-Siempre me dices lo mismo… Que si algún día, que si tengo que esperar… Pero al final… ¿Hace cuanto que nos conocemos?

-Tanto que da pereza pensarlo y todo….

-Y tantos años y nada.- Ella asiente, sonriente.

-Tú espera.- El se ríe. Siempre vacilan con lo mismo.

-Te llevo esperando años… Supongo que por otros años más no pasará nada.- Se ríen ambos. Ella echa un vistazo alrededor y ve un trastero que hay que nadie usa y que está fuera del alcance de las cámaras de seguridad. Mira el trastero fijamente y le mira a él, con ironía. Él la mira, con gesto pícaro.

-Venga, vamos.- Él sonríe y asiente.

El lugar no invita a nada, pero todo es un vacile, como de costumbre. Ambos sonríen, divertidos con la chorrada. Él abre los brazos para un abrazo, uno más, y ella hace lo mismo. Se abrazan. Y ella, en plan de broma, le toca el culo. Y él, desliza suavemente la mano que tiene posada en la espalda hasta la nalga izquierda y la deja ahí. Y se quedan así unos segundos. Él se separa, despacio, sonríe y le guiña un ojo. Ella también sonríe.

-La próxima vez, un beso.- Bromea ella.

-Sí, dentro de un millón de años…