Vibra un móvil en la mitad de la mesa de la sala. Ella deja de mirar como cae la lluvia en la plaza, cierra el libro que tiene abierto sobre el regazo, se calza las cómodas zapatillas de andar por casa y se encamina hacia el teléfono, que sigue vibrando alegre. Mira quién llama, pone cara de sorpresa, sonríe y descuelga.

-¡Hola! ¿De qué guindo te has caído?

-Ya, lo sé. No tengo perdón. Soy un desastre.- Ella ríe.

-Cierto. Lo eres. Hace meses que no sé nada de ti. ¿Va todo bien?

-Sí, muy liado… Entre la música, el curso de masaje, el curro, la vida… Mucha locura.

-Ya, me imagino. Tanta que no sacas ni un huequito para mi, para ese masaje relajante que me prometiste y que nunca me has dado.- Él agacha la cabeza, culpable, aunque ella no puede verle.

-Lo sé.- Dice compungido.- Perdona.

-No te preocupes. Sabes que no me importa. Somos así. Aparecemos y desaparecemos a nuestro antojo. Pero sabemos que estamos ahí.

-Como los buenos amigos.

-Eso es.- Se hace un corto silencio.- ¿Y que te cuentas?

-Esto… Igual es una tontería, pero… He soñado contigo.

-Anda. ¿Estaba bien?

-Sí.

-¿Y se puede contar?

-Claro.- Se aclara la garganta.- Era un miércoles. Yo te llamaba por teléfono…

-Como hoy.- Interrumpe.

-¿Hoy es miércoles?- Hay una pausa.- Coño, pues sí.- Ella ríe.

-Sí que eres un desastre.

-Ya… Bueno, pues eso, que te llamaba por teléfono y te decía: “Hola guapísima…

-Jajajajaja… ¿Me decías “guapísima”? Entonces seguro que era un sueño…

-Esto… “Hola guapísima… ¿Quedamos hoy?”

-Por ahora va espectacular.- Ríe otra vez. El alza los ojos al cielo… Santa paciencia…

-Y me decías: “Vale. ¿Como?”. Y yo repondía: “Voy a tu portal, toco el timbre, me abres, subo, te doy un abrazo de verdad, un beso de verdad y luego salimos”.

-Toma ya. Un beso de verdad. Jejeje… Tremendo.

-Total, que me dices que vale.

-Efectivamente.- Dice ella.

-¿Efectivamente?

-Efectivamente es un sueño.- Y suelta una carcajada. El continúa.

-Y en el sueño, voy a tu casa, llamo al timbre, me abres, subo los siete pisos por la escalera, entro al piso, cerramos la puerta, nos damos un abrazo de los de verdad, y luego nos besamos. Y luego, sonriendo, salimos, según el plan previsto.- Aunque no se ven, los dos sonríen.

-Bueno, parece bonito. Un bonito sueño.

-Sí. Me apetecía contártelo. Y así de paso escuchaba de nuevo tu voz, que hace mucho que no estamos.

-Ya. A ver si estamos.

-Cierto. Te prometo que un día de estos que ande más libre te llamo y tomamos un café o algo.

-Vale. Cuídate mucho, ¿de acuerdo?

-De acuerdo. Y tú también.- Ambos cuelgan.

Ella vuelve a dejar el teléfono sobre la mesa. Sonríe. Se descalza y camina así sobre la alfombra, hacia la ventana. Fuera llueve con fuerza y no se ve un alma en la calle. Coge el libro. Se lo apoya en el pecho cruzando los brazos. Vuelve a vibrar el móvil. Se acerca. Descuelga.

-Hola guapísima… ¿Quedamos hoy?- Dice una voz nerviosa…

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Lleva conmigo 25 años hará en Diciembre… Mis primeros royalties de músico los gasté en ella, una entonces flamante cadena HiFi de marca Aiwa, con ecualizador de siete bandas, unos 120 watios RMS, es decir, de los de verdad, tocadiscos, doble pletina, triple cd, radio programable, despertador, dos buenos altavodes de tres vías que aguantaban toda la tralla que le quisieras dar con una calidad de sonido importante… Un buen cacharro para un pirado de la música como tengo la desgracia de ser…

Con el paso de los años le fueron saliendo “arrugas” y pequeños… mmm… podríamos denominarlos como tumores, que suponían la amputación de algún trozo, pero no su muerte… Y así cayó primero el tocadiscos (lo que no me creó ningún trauma ya que, lo diga quien lo diga, para mi el CD le da mil vueltas al disco… Amén), y después el reproductor de cds. Años más tarde, ya en esta casa en la que habito hoy, la doble pletina con la que compuse alguna de mis canciones (sí, aunque hoy me parezca increible haber trabajado así) pasó a mejor vida. Y sólo quedaron la etapa y el sintonizador de radio, que rara vez usaba. A la etapa le conectaba de todo: un reproductor de CDs, el portátil, las mesas de mezclas, el IPod, la pedalera… Hasta el móvil en alguna ocasión… De todo… Un montón de jacks etiquetados, colgando en un lateral de una estantería…

Y me fui de vacaciones (con una historia porno gay sin final feliz que igual un día me animo a contar). Y recibí una llamada dándome la noticia: mi Aiwa, mi compañera musical desde hace casi 25 años no despertaba. Había muerto. Y pasé aquellos días pensando en ella, a casi tres mil kilómetros, triste, abandonada y en silencio.

Volví y comprobé que, en efecto, no despertaba. Y la llevé a arreglar (gracias a los de Sonitel, barrio de gros en la Ciudad Dormida). Pero mientras, por si acaso, fui mirando otras opciones… Miré Sonos, cuya calidad sonora no discutía pero que no me convencía al tener que manejar casi todo desde un móvil y tener tan sólo una conexión disponible para mi colección de trastos (además que no sabes realmente la potencia de los altavoces, aparte de que me da pereza llenar toda mi casa de wifi… lo sé, menudo informático de los cojones… pero esa es otra historia)… Miré Denon, Marantz… Pero ninguno llegaba ni de lejos a mi ecualizador de siete bandas a un precio razonable…

Hoy ha vuelto, después de estar dos semanas en el médico. Y tras un susto inicial, vuelve a sonar música en condiciones en esta casita de un pueblo pegado a la derecha de la Ciudad Dormida mirando al mar… Y que dure, porque la verdad, me va a costar encontrar algo como ella…

Hace sol y es primavera, una rara combinación en la Ciudad Dormida… Lo que hace que sea un extraño lujo caminar esta tarde por sus calles repletas de turistas tempraneros que huyen de la temporada alta… Y a lo lejos me parece percibir una cabellera rubia llena de rizos locos muy conocida… Y allá que voy.

-Buenas.- Saludo.

-Anda, cuanto tiempo.- Me responde ella.- Coño, si estás igual que siempre…

-Que va… Con menos pelo aún.- Sonrío.- Te veo estupenda.- Me devuelve la sonrisa.- Por cierto, soñé contigo ayer.

-Ay dios… Ya estamos… ¿Y qué hacía? ¿Te seguía con la escoba dándote golpes en el culo?- Me río.

-Que va… Mucho más humano… Te encontraba sentada en el muro del Paseo Nuevo e intentaba ligar contigo.- Ella frunce una ceja y me encojo de hombros.- Al principio la cosa pintaba bien, pero llegados a un punto me decías: “al final eres como todos y lo único que quieres es llevarme a la cama” y…

-Es que al final eres como todos y lo único que quieres es llevarme a la cama.- Sonríe irónica.

-Eh, ya. Digo, no… Digo que… Joe, que me lías… Ah, eso, que yo te decía que no. Que mejor nos íbamos a la playa y lo hablábamos tranquilos. Y añadía, así, como para cagarla del todo: “¿Y qué hay de malo en irse a la cama?”.- Ella hace un gesto como de “¿Ves?¿Qué te decía?”.-Y te enfadabas y decías, flipa…

-A ver que perla me espera…

-“¡Con lo que me ha costado llegar virgen a los treinta y seis!”.- La carcajada se escucha en la otra punta de la ciudad.- Y yo te pedía disculpas muy en serio, diciendo que yo no podía saberlo y que ese era un asunto que podíamos solucionar entre los dos. Y te enfadabas aún más. Y yo no lo entendía. Y claro… Me he despertado partiéndome la caja. Así que muchas gracias por eso, por aparecer.- Ella sigue riendo.

-Desde luego, que mala mente la tuya,con ese subconsciente tuyo que quiere ir desvirgando vírgenes por ahí.

-Oye, que no…

-Vamos, que me tienes de Sor María total.- Me mira divertida, esperando mi reacción.

-No, no… Al menos en la vida real no…

-Es curioso el mundo de los sueños…- Mira hacia el mar, pensativa. Asiento.- De todos modos, estoy de acuerdo.

-¿Con qué?- Pregunto.

-Sois todos iguales.

Tan sólo coincidimos una vez en toda nuestra vida… Una sóla, y fíjate la que se lió… La única vez que hicimos algo a la vez: cruzar una puerta. Realmente no fue así, porque ella salió primero, pero me gusta pensar que lo hicimos juntos…

Luego siempre fuimos al revés en todo; en la forma de ser, ella abierta y yo cerrado; en la manera de vestir, ella bien y yo un desastre; en la manera de viajar, ella tardaba horas en prepararlo todo y yo un minuto; en la manera de creer, ella creyente y yo agnóstico con una inclinación más que marcada hacia el ateísmo de corte radical; en la manera de vivir, ella a tope y yo, pues que quieres que te diga, dejando a veces que se escaparan demasiados segundos; en la manera de enfocar el futuro, ella con niños y yo lejos y ni en pintura… Y, sobre todo, en el espacio tiempo… Cada vez que ella se iba yo llegaba y al revés… Y oye, aún y todo nunca perdimos el contacto, ni la amistad, ni el cariño más profundo…

Estoy sentado en la mitad de la postal; hoy la playa aparece vacía si exceptuamos tres chicas que juegan a hacerse fotos con bikinis un poco ridículos para mi gusto (señal de que voy envejeciendo), y un hombre alcohólico a diez metros a la izquierda que va vaciando poco a poco una botella, una de esas que ayudará a enterrarlo… El sol se cuela a momentos entre las nubes negras que corren por el fondo de la imagen… Y hace frío… Y la música no ayuda demasiado… Y aquí estoy,  jugando a imaginar, mientras los barcos se mecen en la distancia, ignorantes del temporal que anuncian para mañana… Y aquí estoy, jugando a imaginar… En vez de estudiar para el examen de mañana… Jugando a imaginar… ¿Te imaginas que en lugar de una vez hubieran sido dos? ¿Qué hubiera pasado entonces? 

El Cristo de lo alto del monte tiene una mano levantada… Y desde aquí no consigo verlo bien pero… Parece que hace un no con un dedo… Será cabrón… Que sabrás tú lo que corre por mi mente… o ¿sabes leer el vacío? 

Sale el sol de nuevo… Es hora de irse…

En el viejo local suena de fondo Sweet temptation de Lillix, a poco volumen, de los grandes altavoces, desacostumbrados a tan poco trabajo.

-Odio conducir. Odio la moto. Odio la N1.- Sobre el viejo sofá apolillado descansa el casco, al lado de un vaso de plástico con un café con leche descafeinado. Se le nota estresado.- Lo odio.

-Mucho odio para ti; tienes que poner más amor en tu vida.- Dice ella, desde la distancia.

– Vale.- Responde él. Lo piensa unos segundos y dice:- Me encanta conducir. Amo la moto. La N1 es lo segundo más hermoso del mundo.- Silencio al otro lado de la línea.

-¿Y qué es lo primero?- Pregunta ella, intrigada.

– Tus piernas, claro.- Responde pícaro. Ella se ríe.

-Eso es que me ves con buenos ojos.

– Tal vez con el izquierdo. Con el derecho no creo.

-¿Y eso?

-Eso se llama miopía y astigmatismo. No hay más secretos.- Ella ríe al otro lado de la línea.

-Hasta en eso nos tenemos que llevar la contraria… El malo mío es el izquierdo: hipermetropía y astigmatismo.- Sonríen los dos, aunque no pueden verse.

-Está claro que ni en eso íbamos a concidir.- Dice él.

-Como las vacaciones y la canción: cuando tú vas yo vengo… Igual deberíamos cambiar los ojos…

-Tal vez… Una parte sería perfecta pero…

-La otra un desastre…- Dicen a coro…

Me detengo delante del mismo escaparate en el que me detuve varios miles de veces a lo largo de mi vida: dos cruasanes me llaman con voz sugerente y cálida. La pastelería, la misma que frecuenté desde mi niñez hasta mi primera edad adulta; muy distinta de otra que, unos años más tarde, apareció vestida de magia con nombre de estrella… En ella, paneras de madera clara llenas de diferentes barras ordenadas por tipos, restos de harina sobre la encimera de mármol, una caja registradora verde de las de antaño: teclas enormes que suenan al ser pulsadas con fuerza, cajón que se abre con un clinc metálico… Expositores llenos de donuts, phoskitos, bollycaos, patatas fritas y las inevitables pipas Facundo… Cajoneras de plástico transparente llenas de caramelos de piñones, de menta, de café, de regaliz… Nubes, gominolas con formas de lagarto, cocacola, frutas… Todo aparece en mi mente exactamente igual a entonces, hace ya tanto… Bueno, todo menos la dependienta, que aun siendo la misma que entonces parece que el tiempo haya pasado varias veces por ella. En aquella época era una chica pálida, guapilla, un poco entrada en kilos, de corta melena oscura y ojos castaños llenos de vida y repleta de energía, fuera la hora que fuese. Pero ahora… El pelo cano remarca un rostro cansado lleno de manchas de piel, consumido, agotado… Un rostro de anciana, pese a tener más o menos mi misma edad…

Me mira y noto por su gesto que me reconoce. Sonríe y dice:

-Que mal te ha tratado el tiempo. No tienes sangre en los labios.- Coge los dos cruasanes, los únicos que hay sobre la bandeja y los envuelve con cuidado y manos torpes en el mismo papel azul con letras blancas de toda la vida. Cierra el paquete con un lazo y los empuja hacia mi.- Son para ti; te estaban esperando.

De nuevo en la calle. En la mano, el paquete que siento ardiendo con los dos cruasanes que no debo comer por prescripción médica. No hay nadie cerca, ni coches ni nada… Es como si la Ciudad fuera toda para mi. Me siento en el peldaño de piedra en el que transcurrió parte de mi juventud; abro el paquete y pongo los cruasanes a mi lado, los miro, sonrío, asiento, me levanto y me voy.

Despertador.

 

-Algún día…

-Siempre me dices lo mismo… Que si algún día, que si tengo que esperar… Pero al final… ¿Hace cuanto que nos conocemos?

-Tanto que da pereza pensarlo y todo….

-Y tantos años y nada.- Ella asiente, sonriente.

-Tú espera.- El se ríe. Siempre vacilan con lo mismo.

-Te llevo esperando años… Supongo que por otros años más no pasará nada.- Se ríen ambos. Ella echa un vistazo alrededor y ve un trastero que hay que nadie usa y que está fuera del alcance de las cámaras de seguridad. Mira el trastero fijamente y le mira a él, con ironía. Él la mira, con gesto pícaro.

-Venga, vamos.- Él sonríe y asiente.

El lugar no invita a nada, pero todo es un vacile, como de costumbre. Ambos sonríen, divertidos con la chorrada. Él abre los brazos para un abrazo, uno más, y ella hace lo mismo. Se abrazan. Y ella, en plan de broma, le toca el culo. Y él, desliza suavemente la mano que tiene posada en la espalda hasta la nalga izquierda y la deja ahí. Y se quedan así unos segundos. Él se separa, despacio, sonríe y le guiña un ojo. Ella también sonríe.

-La próxima vez, un beso.- Bromea ella.

-Sí, dentro de un millón de años…

La fabulosa tromba de agua se acercaba rápidamente; aquel día nadie los libraba del bautizo. Se vistieron con calma sus chubasqueros y salieron a la calle. A ninguno de los dos les preocupaba la lluvia: uno vasco, la otra gallega… Si de algo habían tenido era de eso: mucha lluvia.

-Pues sí, me casé el año pasado- Dice él. Ella lo mira, sorprendida.

– Anda que no has tardado- Dice, con su acento fuerte. Él asiente.

-Ya sabes, muchos años en el mundo del Rock y lo que eso conlleva: Drogas, sexo, orgía tras todos y cada uno de los conciertos…- La mira serio.- Es muy difícil mantener una relación con eso.

-Me imagino.- Se queda callada, mirándolo de refilón.- Oye, ¿tanto éxito teníais?

-Buf, ni te imaginas… Calcula que a mi mujer la conocí en una de esas orgías que hicimos en una gira por…- Eleva la vista al cielo, como buscando la respuesta- No recuerdo bien si Alemania o Austria… Aquella época la tengo un poco borrosa…-Ella lo mira fijamente, con respeto y una cierta admiración.

-Y… ¿No lo echas de menos?- El sonríe, con una cierta nostalgia.

– Sí y no. Lo de las drogas y el alcohol no mucho; luego no te acordabas de nada… Pero lo de despertarte rodeado de cuerpos de bellísimas mujeres… Eso sí que lo echo de menos…- Suspira. Ella lo mira de nuevo, pero tuerce el gesto.

– Me estás vacilando, ¿verdad?

-No sabes cuanto.- Y se ríe. Y ella le pega con el paraguas cerrado, inútil con el vendaval que va llegando.

-Yo tenía unos amigos…- Dice el concursante, mirando sonriente a cámara.- Pero un día decidí que valía más el dinero que su amistad. Ya sabe: más vale billete en mano que ciento volando.

El presentador lo mira, fijamente, con una sonrisa de comprensión mil veces ensayada ante un espejo. Juega con un micrófono grande pasándolo de mano a mano. Espera a que el concursante siga hablando, pero preparado por si se calla, como es el caso.

– ¿Tan poco valía esa amistad que la cambió por unos billetes? Porque si era amistad, seguro que habían pasado grandes momentos juntos.

– Muy grandes, la verdad.- Sigue sonriendo mientras mira a cámara. El público guarda silencio.

-¿Entonces?

-Bueno, tal vez sea que la amistad está sobrevalorada. Al final lo que cuenta es llegar a fin de mes.

– Espero que al menos le diera para pasar una buena temporada. Aunque, a largo plazo, el dinero no hace mucha compañía ni da conversación…- Dice el presentador.- Ahora vamos a… A Jugaaaarr…

Se abre el escaparate. En el se ve una mesa negra, con un ordenador portátil, siete CDs de música, más de veinte calendarios antiguos, ordenados por año, una alfombra y una batería, de cocina. Y aúlla el presentador:

– Y el precio justo de este escaparate es de….

Sobre la barra reposa un café con leche descafeinado: toca cuidarse lo que queda de partida. El café en este caso no es de sobre, señal de que me fío del local. Suenan The Doors, con el señor Morrison cantando The End. No es demasiado alegre para un miércoles por la tarde.

Tras el cristal, el día se muestra soleado, aunque la terraza queda ya cubierta por la sombra del edificio. En la Ciudad Dormida febrero no es un mes para estar a la sombra.

Hojeo un periódico distraido y cuando me quiero dar cuenta las veo sentadas en una de las dos pequeñas mesas de madera de olivo que hay en el local.

-¿Lo de siempre?- La más joven de las dos asiente.

-¿Qué es lo de siempre?- Pregunta la mayor.

-Un café cortado.

-Ah.

Vuelve el silencio. La miro. Dudo si levantarme a saludar, pero la última vez fue violento para ella, así que decido ahorrarle el trago. Al irme me despediré y así nadie sufre. La otra mujer me reconoce y me saluda con un gesto de cabeza, sin decir nada. Pregunta:

-¿Luego a donde vamos a ir?

-¿A donde?- Devuelve la pregunta, confundida, la mayor de ellas.

-A Paseo…

-A Paseo…- Veo que hace un tremendo esfuerzo buscando algo en algún rincón de su cabeza.

-Sí, a Paseo…

-¡A Paseo Colón!- Dice con una sonrisa.

-¡Eso es!- Anima la otra.- A Paseo Colón.

– Y… ¿Para qué vamos?- Pregunta con gesto confundido.

– Porque tu casa está ahí.

-¡Anda!- Responde sorprendida.- ¿Y quién me ha puesto ahí una casa?

-Es tuya.- Llegan los cafés y agradece con un gesto.- La compraste tú.

-¿Yo?- Pone cara de sorpresa y un poco de miedo.- ¿yo?

-Sí. Tú.

De nuevo el silencio. Mi taza vacía. Morrison ya no canta; suena algo de la banda sonora de Walter Mitty. Vibra sobre la mesa el móvil de la más joven, que responde un mensaje de whatsapp.

-Es de Marian. Que viene ahora.- Sonrío.

-¿Quién es Marian?

-Tu hija.- La otra se queda desconcertada.

Decido levantarme. Faltan diez minutos para mi clase. Me despido.

-Agur, Amaya.

-Adiós, adiós- Saluda sonriendo. Cruzo la puerta y escucho.- Oye, y este ¿quién era?

-Tu nieto el mayor. El hijo de Marian.

– Ah. ¿Y quién es Marian?

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